El mundial de la memoria

Siguen pasando los años y el mundo entero todavía está esperando que un hombre vestido de negro se digne a acabar con esta tortura y finalmente dé ese pitazo inicial. Que de una vez por todas sople esa ráfaga de aliento que sostienen sus pulmones, para aturdirnos con esa música aguda que nos perfora los oídos. Ese silbido que al mismo tiempo, nos hace latir el corazón, indicando que la fiesta arrancó y que la pelota comenzó a rodar para que gane el mejor. Mientras el planeta sigue girando como una pelota de fútbol, nosotros como idiotas seguimos esperando que comience aquel bendito mundial. Mucho se habló de este fenómeno, de aquel hecho histórico. Se escribieron columnas infinitas buscando una explicación lógica. Se plantearon todas las teorías posibles, hasta se intentó explicarlo con una jugada de pizarrón. Pero pareciera que se hubieran robado todas las respuestas y ahora nadie le encuentra una explicación a esta tragedia. Estaba todo listo para que la gran fiesta del fútbol comenzara, cuando en el medio de la multitud, un niño argentino dijo entre lágrimas que había perdido la última figurita con la que completaría su álbum. O mejor dicho, alguien se la había robado. Los habitantes del planeta, todos, habían completado el suyo. Pero había alguien al que le faltaba una sola. Los hinchas corrieron los ojos de la pelota para posarlos sobre él. Cuando la noticia estalló, el planeta hizo el mismo ruido que hace la rueda de la fortuna cuando deja de girar. Dijo ‘tac’ y se quedó clavado en ese momento, justo en el instante en que el mundial estaba por empezar. Todos se quedaron esperando que apareciera esa figurita para que el pobre niño completara su álbum y pudieran disfrutar de este espectáculo magnífico que se vive cada cuatro años. Se plantearon miles de hipótesis. Hasta se llegó a creer que se la habían robado unos ingleses. Claro, si se robaron unas islas, cómo no le iban a robar la última figurita a un niño con esperanzas de campeón. Era la teoría más lógica, la venganza perfecta al robo de la historia. Porque si alguna vez un joven les había robado la ilusión con la mano, ellos estaban dispuestos a hacer cualquier cosa, aunque ocurriera fuera de los límites de la cancha. También surgieron otras teorías. Hasta llegaron a amenazar de muerte al dueño de la empresa que fabricaba los álbumes, acusándolo de que era una estrategia de marketing para que los hinchas de treinta y dos países buscaran una figurita mientras hablaban de su marca. Hoy los más renombrados físicos, periodistas y escritores coinciden en que hay un fragmento del tiempo que quedó atrapado en la historia. Y la única forma de destrabarlo, es con ese papelito de cuatro centímetros por seis, con la cara de un jugador que se convirtió en el más famoso del mundo y no precisamente por cómo jugaba. Nadie estaba preparado para esto. Es sabido que el fútbol paraliza al mundo, pero nunca había pasado al revés. Como era de imaginarse, la vida siguió. Los años no iban a quedarse de brazos cruzados esperando a que esto se solucionara y con la bendición de Dios, decidieron avanzar como su trabajo lo indica. Pero a pesar de los caprichos del tiempo, hoy todavía hay jugadores parados en el círculo central haciendo movimientos precompetitivos, esperando la orden del juez. Hay hinchas rezando y madres sufriendo. Hay esperanza que aún no se convirtió en desilusión y lágrimas de alegría que no se soltaron. Himnos que no se entonaron y papelitos que nadie tiró. Hay ídolos vírgenes que iban a convertirse en estrellas millonarias y esa bendita figurita se los negó. Hay gente que sigue esperando para abrazarse, sin saber por qué. Ni siquiera se escribieron los diarios con el título de campeón. Nada de eso pasó aunque los años, descarados, tomaron la decisión de seguir. En la rica historia de este deporte hay una hoja que quedó en blanco y nadie puede obviarla. No pueden los futboleros hacerse los distraídos como que nada pasó, aunque suene contradictorio. Por que si a los hinchas les dicen que se va a jugar un mundial en el pasado, harían cualquier cosa con tal de ir a ver a su equipo. Hoy no queda otra que seguir adelante y aceptarlo. Agachar la cabeza y, quién dice, en una de esas mirando al piso aparece la figurita. Se podrán decir miles de cosas acerca de los hinchas, pero el hecho de que hayan sobrevivido a no ver ese mundial, es la prueba más acabada de que son inmortales. Este deporte tiene estas cosas y por eso, como dijo un poeta de la pelota, el fútbol es el deporte más lindo del mundo. Y nos gusta tanto que decidimos no jugarlo porque nos falta una figurita. Ahora, cada vez que hay un partido en la actualidad, los relatores lo comentan mirando de reojo los libros de historia, con la esperanza de que finalmente la pelota se eche a rodar.

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Camino al pasado

Todos, pero absolutamente todos, tienen un lugar en el mundo. No importa lo pobre que uno sea, igual puede tener ese espacio del universo que tanto se le antoja. Para construirlo, solo se necesita un corazón que bombee, una memoria que siga recordando y la capacidad, por mínima que sea, de imaginar. Eso es todo. No hacen falta créditos ni inmobiliarias de por medio. Al contrato se lo firma con las tripas y una vez que el alma dio su consentimiento, no hay ley en el planeta que lo pueda echar de ahí. Puede ser un pedazo de tierra o de cielo, bien egoísta por cierto, en el que con nada más desearlo, ya le pertenece a uno. A veces pasa que más de una persona elige el mismo lugar. Pero como casi todos le dan un significado diferente, nunca se generan conflictos. Tampoco es que la gente anda como loca buscando encontrar esos metros cuadrados de felicidad, todos amontonados peleándose por quién llegó primero. Si no, imagínense lo que sería el mundo. Se necesitarían más guerras y justamente en este momento, es lo que nos anda sobrando.

Emilio, de apellido no interesa porque su historia es igual de hermosa con solo saber su nombre, no era la excepción. Él había encontrado su propio lugar. Bastó con haber pasado una vez por ahí mientras viajaba quién sabe a dónde, para saber que ese pequeño y diminuto punto del universo, iba a ser suyo para siempre. No le pensaba cambiar nada. Lo iba a dejar tal cual lo habían revelado sus ojos el día que lo vio. La ventaja de invertir en ese lugar era que sabía que podía ir las veces que quisiera, sin preocuparse en lo más mínimo por el tiempo que le llevase llegar ahí. El valor del pasaje tampoco le importaba porque lo podía pagar con la memoria. Pero como esos pájaros que nacen con vértigo, la vida de Emilio no gozaba de mucha fortuna. No vamos a entrar en los detalles con los que tenía que lidiar su corazón, porque si empezamos a hablar de desamor, terminamos todos llorando. Pero si eligió ese lugar, fue justamente porque quedaba bien lejos de todo lo que podía contaminarle el corazón. Ir allá era una especie de escape. Una fuga mental donde cada vez que iba, cabía la posibilidad de empezar de nuevo, como si la esperanza tuviese forma de espiral. El lugar era simplemente un camino. Una recta larga e interminable que rozaba el horizonte y al llegar al final, se bifurcaba en dos. A Emilio le gustaba cerrar los ojos e imaginar que volvía a ese camino una y otra vez. Disfrutaba esa sensación de estar ahí y no avanzar nunca, de acelerar en pausa. De sentir que los árboles que bordeaban el asfalto iban quedando atrás, aunque él estuviese siempre en el mismo lugar. Y mientras agarraba fuerte el volante como aferrándose al pasado, iba viendo pasar su propia vida como si estuviese sentado en la butaca de un cine. En cada viaje nacía en su cabeza la posibilidad de cambiarlo todo. Solo necesitaba llegar al final, al punto donde esa recta eterna llegaba a su fin y se dividía en dos. Pero por más rápido que acelerara, nunca llegaba a destino. Había algo vicioso que hacía su cerebro y era que cada vez que su mente viajaba a ese lugar, las sensaciones se volvían tan reales como las sensaciones reales. A veces hasta podía sacar la cabeza por la ventanilla y sentir el viento en la cara, oler la agresividad del verde de los árboles y aturdirse con el silencio para sentirse solo con sus propias dudas.

Hace años que Emilio recorre esa ruta una y otra vez con el propósito de llegar a esa curva y tener aunque sea una mínima posibilidad de doblar, de ver lo que viene y poder cambiarlo todo. Pero aunque su mente siga acumulando millas imaginarias, todo sigue quedando siempre igual, tal como un día lo decidió el caprichoso pasado.

 

 

 

Un día en la vida de Gandolfo

Como todos los días el viejo Gandolfo se levanta, pone el agua para un té y mientras bosteza por tercera vez, empieza a guardar una por una cada estrella del cielo en su lugar. Es algo que hace casi de memoria, aunque hay veces que está tan dormido que mete alguna en la constelación equivocada. Una vez que termina y con una habilidad matemática, agarra el sol con un guante para no quemarse y lo amanece exactamente por el mismo lugar del horizonte de cada mañana. Luego junta unas cuantas páginas en blanco y las mete en unos gigantes fuentones llenos de tinta negra para que se tiñan de noticias y lleguen fresquitos a los puestos de diarios. Después da la orden a los locutores para que se asomen por las radios para hablarnos al oído. Mientras da vuelta las tostadas para que no se le quemen, saca los balcones de los edificios como si fueran cajones que salen a saludar al sol. Lo más difícil llega cuando tiene que decidir con qué vestir al día. Entonces para complacer a todos, le agrega un poco de calor, una pizca de viento y apenas unas gotitas de lluvia. De postre, arco iris.
Finalmente da un chasquido seco que hace despertar a todos al mismo tiempo y como si el planeta fuera un trompo, lo hace girar un poco para que arranque. Ahora sí, ya está listo para sentarse a disfrutar de su desayuno mientras otro día empieza de nuevo para todos nosotros.

AL FONDO HAY LUGAR

(Carta de un hincha agradecido)

El futuro, seguro de lo que estaba haciendo, decidió que nacieras en la casa de un carnicero. Como una visión de lo que vendría muchos años después y a pesar de la porfía de tantos charlatanes, te fue tallando a la medida del saco que te tenías que poner y defender. Pero para que la obra fuera completa y casi perfecta, creyó que era mejor que supieras lo que era vivir entre la multitud y decidió que te criaras en el ceno de una familia numerosa.

Rolando Carlos Schiavi, el Flaco. Hay algo en tu apodo que se contradice con tu legado. Flaco que nos hiciste engordar de alegría y nos llenaste el corazón de gloria. Flaco por dejar tanto, por destriparte en cada pelota. Mientras crecías oliendo sangre ni te imaginabas que estabas escribiendo tu currículum para ponerte la camiseta de Boca. Tu egoísmo fue tan flaco, que como no te alcanzaba con dejar el corazón en cada pelota, un noche cruzaste la cordillera para dejarnos tu apéndice.

Tuviste el puesto de trabajo con el que todos los boquenses soñamos. Y te envidiamos por eso. Pero si supieras lo que se siente, lo que es corear tu nombre en las gradas de ese templo, reventándonos las cuerdas vocales y levantando los brazos a tu altura, vos también nos envidiarías un poco.

Recorrimos América y el mundo siguiendo tus grandes zancadas. Nos dejaste títulos, clásicos, goles y los mejores recuerdos. Pero para nosotros hay algo mucho más importante. Algo que no se encuentra en ninguna vitrina pero que quedará flotando en la Bombonera para siempre. Y eso es el miedo que los rivales sentirán cada vez que tengan que pasar por la zaga central, por el borde del área, temerosos de que tu alma los desparrame por el aire, en busca de robarles otra vez la pelota.

Yo solo te digo gracias.

Juan Cruz Vassallo

Socio N*78531-2

Este carta fue publicada en el diario Olé el día 8 de diciembre de 2012.

Este carta fue publicada en el diario Olé el día 8 de diciembre de 2012.

UN DIA CLASICO

Hoy te despertaste más temprano que de costumbre. Y aunque tengas experiencia en esto de los días clásicos los nervios no te dejan pegar un ojo. Si abrís la ventana y algo amarillo te encandila, creés que es un mensaje divino anunciando que esta noche no saldrá la luna y habrá sol eterno. Si llueve te conformás pensando que por algo será; que las grandes epopeyas de la historia fueron mucho más épicas cuando se empaparon de lluvia y los soldados se embarraron el alma en el campo de batalla. Los días como hoy deberían ser feriado, y por decreto sólo deberíamos leer el diario con la radio pegada a la oreja mientras hacemos zapping en la tele buscando cualquier noticia acerca de nuestro equipo. Te cambiás y pensás si lo que te estás poniendo no lo habrás usado algún día que hayamos perdido. Mirándote al espejo te recordás que hoy más que nunca hay que cuidar las palabras. Que es preferible no gastar a nadie de la contra antes de tiempo a ver si mañana…si, eso. Mejor ni pensarlo. Las horas previas al partido se hacen eternas, como esos dos minutos de alargue que marca el árbitro cuando tu equipo gana por la mínima diferencia. Te invade la ambigüedad y pensás para qué mierda te gustará tanto el fútbol si estás sufriendo como un condenado. Imaginás los dos escenarios posibles y de pensarlo te agarra taquicardia: porque perder un día como hoy, un partido así, un clásico, es como perder a un pariente. Y si ganás, sos tan loco que te da nosequé cargar a los otros, pensando que la próxima te puede tocar al revés y no quisieras sufrirlo. Hoy tu cabeza va a ser una videocasetera que la vas a rebobinar mil veces repitiendo esos goles que más te convienen. Hoy el menú de todos los restaurantes debería ser choripan y sólo debería escucharse murga. Vas a creer en todos los santos, en todas las religiones y no te va a hacer falta pasar delante de una iglesia para persignarte. Hoy es San Diego, San Blas y San Martín. Quisieras vivir en Roma, Palermo o en Virreyes. Que salga el diez a la cabeza aunque el siete sea tu número preferido. Aunque no hayas cambiado un pañal en toda tu vida, hoy sos papá. Podrás tener título de abogado, doctor o ingeniero, pero de a ratos te convertís en periodista y te imaginás la tapa de todos los diarios de mañana. Así que tené tu gorrito, una bandera y un paraguas a mano porque hoy es un día especial. Tu equipo juega un clásico. Ni más, ni menos.

La ley primera

Se sentó en el sillón al lado de su hermano. Apenas los separaban algunos centímetros, pero en ese espacio entraban muchos años de distancia. Se ubicó a su izquierda, como si eso lo acercara más al corazón. Cada tanto hablaban, pero lo hacían sin decirse nada, dando vueltas, esquivando el deber. Si se miraban, los ojos se evitaban como cuando uno intenta juntar los imanes por el mismo polo. Oportunidades como esta habían tenido miles, pero las habían desperdiciado sabiendo que la vida se apiada de nosotros más de la cuenta.
Su mano izquierda repiqueteaba contra el sillón. Los dedos iban del meñique al índice, siempre en ese orden y se iba repitiendo a gran velocidad, como esperando una orden del cerebro. Al mismo tiempo, los pies del hermano se movían nerviosos de arriba hacia abajo, subiendo y bajando los talones, pero sin levantar la punta de los zapatos. El silencio incomodaba y no había nada para romperlo y hacerlo pedazos para sacarse esa angustia atragantada. Quienes saben de desencuentros, saben que para una situación como esta, no alcanza solo con el esfuerzo físico. Se requiere de una fortaleza mental y de una concentración casi ancestral. Al reloj le sobraba tiempo y estaba ahí, esperando que los dos se hicieran cargo. Recién cuando entendieron que solo un milagro iba a hacer que sucediera un milagro, decidieron hacer algo al respecto.
Como si fuese una coreografía estudiada a la perfección, giraron sus torsos al mismo tiempo hacia el lado que estaba el otro. El envión hizo que también giraran los cuellos y así pudieran quedar cara a cara, aunque evitando mirarse. De a poco levantaron los brazos hasta la altura de los hombros ajenos. Los estiraron un poco más hasta poder llegar a la espalda del otro y con muchísima timidez, cruzarlos por detrás del cuello. Para ese momento los corazones empezaron a bombear y se turnaban para latir. Lo hacían cada vez más fuerte como queriendo despertar al resto de los órganos, para que supieran lo que estaba por pasar ahí. El frio de los huesos se iba descongelando a medida que la sangre corría por las venas. Todavía no se miraban a los ojos; faltaba un poco para eso. Ahora un archivo incalculable de imágenes se desbloqueó del cerebro y les invadió la memoria. Sintieron la necesidad de ponerse a llorar, pero para esta altura de la situación, implicaba mucho riesgo y podía interrumpir el desenlace. Sus cuerpos estaban tan cerca que podían reconocerse los olores. Se encontraron a propósito con la mirada y después de unos segundos se fundieron en un abrazo inolvidable, de esos que son tan fuertes que duelen. Pero que es un dolor dulce, un dolor que lava culpas. Un dolor arrepentido que hubiese querido volver el tiempo atrás para repetir ese abrazo por todas las veces que no lo habían hecho, vaya a saber uno por qué. Aunque a esta altura qué mierda importaba. No estaban ahí para buscar un por qué, sino un para siempre.

Asalto a la felicidad

Domingo de otoño. La digestión adormecía a todos anunciando que la hora de la siesta había llegado. Llovía nostalgia. Carlos ocupaba la misma mesa de siempre, en el mismo bar de siempre. Desde la ventana veía como una cortina de agua formaba barrotes como si fuesen los de una cárcel, pero ni él ni su reflejo en el vidrio intentaban escapar de ahí. No había nada mejor para hacer que hacer nada en ese lugar. Repasó el diario que había leído esa mañana como si las noticias fuesen a ser un poco mejor. Tomó otro café, pero esta vez lo pidió cortado porque a veces le gustaba volcarle el sobrecito de azúcar solo para ver cómo se hundía en la espuma. Todavía faltaba para la hora del partido pero no le quedaba otra que esperar. Habiendo tantas cosas para hacer un domingo, se lamentó que su voluntad estuviera condenada a noventa minutos de sufrimiento por un partido que jugaban otras personas que ni conocía y en otro lugar.
 
El bar estaba lleno de mesas vacías. Cada tanto entraba algún cliente, pero enseguida se iba otro así que no se llenaba nunca. El dueño hablaba por teléfono detrás de la barra y el mozo limpiaba una de las mesas del fondo. El aburrimiento se había apoderado del café hasta que dos chorros entraron a los gritos a asaltar la monotonía del lugar. El monólogo de los ladrones fue el de siempre. Estos tipos ni siquiera cambian el libreto, pensó Carlos.
Uno le puso el fierro en la cien al dueño y el otro encaró para la única mesa donde podía afanar. Carlos miraba la escena como si fuese un arquero que espera el mano a mano con el delantero una vez que zafó de los marcadores centrales, hasta que el chorro se le paró enfrente y le exigió la guita. Le dio lo poco que tenía, pero el delincuente agitando el arma le pedía más. En esa locura enferma e impotente de un ladrón cuando no puede llevarse todo lo que quiere y está tan jugado que no le importa absolutamente nada porque tampoco tiene nada que perder, ya que su vida es la mismísma mierda, cargó el arma, le apoyó el fierro helado en la jeta y le dijo:
 
-Pedazo de hijo de puta, o me das la guita o me das tu infancia!
 
A Carlos lo delató su rostro. Le habían encontrado el botín; su caja fuerte. En su cara le estaban robando la fortuna que había hecho durante toda su vida. Se estaban quedando con todos sus ahorros, con su plazo fijo en felicidad. Le sacaban del bolsillo las miles de horas jugadas a la pelota en la calle. Le choreaban la primera vez que se apretó una mina, sus primeras vacaciones en Mar del Plata y hasta el olor a mandarina en los recreos del colegio. Se le estaban quedando con fajos de recuerdos con los pibes del barrio y con la herencia del amor por su equipo. El chorro estaba muy nervioso, la tensión crecía pero Carlos no estaba dispuesto a resignar semejante fortuna. Conciente de que era lo último que iba a hacer en su vida, pero con la tranquilidad de que a su infancia se la llevaba con él, se paró, cerró los ojos y dejó que un balazo le reventara la cabeza.

Miedo

El tipo entró a la cocina con el alma en la mano. Sin pedirle permiso, corrió la silla y se le sentó enfrente. Lo miró serio, con los ojos secos. Tenía las rodillas nerviosas y hasta se le veía el pulso. Lo primero que hizo fue pedirle que dejaran al resto afuera de todo esto. Era un asunto entre ellos dos. El miedo y él; él y el miedo; él y sus miedos.

 -No vengo de guapo-, balbuceó con un tono que literalizaba lo que decía.

 Todo lo contrario. Iba con el mismo temor con que uno enfrenta cara a cara al miedo, respirándole el aliento. Pero el miedo que sentía era tan grande que se convertía en valentía. Esa era la única razón por la que se encontraba ahí. En un segundo repasó sus cuarenta años y descubrió que después del día de su nacimiento, este era el más importante de su vida. Tenía que tomar la decisión que siempre había esperado, pero para la que no estaba preparado.

Como si el mundo estuviese pendiente de esto, dejó de girar. El reloj que colgaba de la pared miraba atento con las agujas cruzadas, olvidándose de que el tiempo dependía de él. Los ruidos se callaron y por primera vez en la vida, escucharon a los demás. Los olores se dejaron de sentir. El aire que entraba por la ventana ni siquiera respiraba para no interrumpir. Como si supiera que todos estaban esperando su descargo, el tipo le pidió a su garganta que tragara bien profundo y sin preámbulos ni arcadas, vomitó lo que sentía. Se dio vuelta de adentro para afuera y se sacudió las palabras asegurándose de no guardarse ninguna. Estaba todo sobre la mesa. No había mucho que aclarar. Solo agregó un punto esperando una respuesta del otro lado.

El miedo, que lo escuchaba atentamente, ni se inmutó. Lo miraba con sabiduría, pero mientras tanto buscaba las palabras adecuadas para devolver el golpe. Por un minuto se produjo un silencio ensordecedor hasta que por primera vez, y con esa voz que lo caracteriza, el miedo habló:

-Si cada vez que tengas que tomar una decisión importante desaparezco de tu vida, si dejases de sentirme y pudieras vivir en paz sin que te persiga como tu propia sombra hasta en la sombra, si estuvieses tan tranquilo que ya no necesitaras esconderte en el fondo de las sábanas con los ojos bien cerrados, si no temblases como la vejez por imaginarte lejos de los demás, si no tuvieses miedo por tener que barajar y dar de vuelta o si nada de todo esto te estuviera pasando, pobre de vos! Porque el día que descubras que ya no me sentís más, te vas a dar cuenta que estás acabado.

Te lo digo en serio

Da envidia verte reír. Te sale desde la panza con las tripas bien apretadas y pasa por las cuerdas vocales, como si fuesen un pentagrama con una clave de sol que te encandila. Cada risa tuya es la prueba irrefutable de que el alma no es invisible. Tenés la gracia de poder escupir carcajadas con la misma facilidad con la que los demás respiramos. Naciste con una risa que te multiplica los dientes y te hace desaparecer los ojos, mientras que nosotros andamos como idiotas frunciendo los cachetes como un acto reflejo cada vez que sonreís. Sos como una caja de tizas a punto de estrenarse. Dan ganas de agarrarse de tus huellas digitales para ir con vos a todos lados y que nos hagas llorar para descubrir que no sos un chiste. Te reís de la muerte para saber que seguís viviendo y sos capaz de pagar con tal de robarnos una sonrisa. Apuesto a que en este momento alguna carcajada debe estar haciendo eco entre tus huesos, tratando de llegar a la boca para escurrirse entre los dientes y salir a aturdirnos la tristeza.

Equis i griega zeta

“Escribir no es más que una excusa para decir cosas.”

Agarró el planeta con la mano, lo alejó un poquito para mirarlo bien y se dio cuenta de que en el mundo lo que andaban sobrando eran guerras. 

Se puso a pensar que ya llegamos al siglo veintiuno, sin contar todos los antesdecristo, y todavía hay países que basan su economía en el trueque, cambiando litros de petróleo por barriles de sangre. Que algunos todavía invierten plata en guerras por el oro, mientras la paz está cada vez más oxidada. Se indignó con los que creen que el agua nunca se va a acabar, porque pueden llenar océanos con lágrimas. 

Las empezó a contar y las guerras eran tantas que pudo conjugarlas: yo guerreo, tu guerreas, el guerrea y aunque no queramos, nosotros guerreamos. 
En tiempos en que si uno no se desarma se desalma, proponer la paz era algo estúpido, pensó. Si la gente quiere guerras, hay que darle una nueva guerra. Pero tiene que ser una que nadie luchó hasta ahora. Una que no sangre. Que se escriba con el cuerpo, para después ser parte de los libros de historia que todavía no salieron. Una guerra de todos contra nadie. Para eso, la lucha tiene que ser por algo que realmente valga la pena, sin que valga un centavo. Se trata de defender a muerte el último recurso no renovable que queda en el mundo: el abecedario. 

Se imaginaba a todos los países del mundo levantándose en armas, dejando la vida por esas veintisiete letras. Ejércitos de hombres y mujeres, sin distinción de color ni tinta, sacándole punta a los lápices. Soñaba con jóvenes empuñando lapiceras. Con abuelas dibujando banderas a mano alzada. Batallones interminables de chicos armados con crayones, luchando por el honor de los que alguna vez escribieron una poesía o una canción de amor. Todos dejando la vida por hache o por be, atrincherándose atrás de algún teclado. Había que invalidar los telegramas de renuncia, para que nadie se rindiera durante el enfrentamiento. De ser necesario, había que tatuarse las letras para entender la importancia de cada una de ellas. Desde la primera hasta equis i griega zeta. Era la única manera de que se dieran cuenta de que es más doloroso ser analfabeto que desangrarse. De que sin la eme se acaba el amor en el mundo y así me hundo. Que si te quiero tanto y vos me querés tanto, no podríamos sobrevivir sin la te. Y mucho menos permitir que nos separen en sílabas. 

Ojalá no llegue el día en que haya que pagar para escribir. Que no tengamos que usar el tesoro nacional para subsidiar palabras. Que los gobiernos no tengan que hacer campañas solidarias para ayudar a las poblaciones desnutridas de letras, mientras que algunos siguen dejando hojas en blanco.

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