Archivos Mensuales: septiembre 2012

La ley primera

Se sentó en el sillón al lado de su hermano. Apenas los separaban algunos centímetros, pero en ese espacio entraban muchos años de distancia. Se ubicó a su izquierda, como si eso lo acercara más al corazón. Cada tanto hablaban, pero lo hacían sin decirse nada, dando vueltas, esquivando el deber. Si se miraban, los ojos se evitaban como cuando uno intenta juntar los imanes por el mismo polo. Oportunidades como esta habían tenido miles, pero las habían desperdiciado sabiendo que la vida se apiada de nosotros más de la cuenta.
Su mano izquierda repiqueteaba contra el sillón. Los dedos iban del meñique al índice, siempre en ese orden y se iba repitiendo a gran velocidad, como esperando una orden del cerebro. Al mismo tiempo, los pies del hermano se movían nerviosos de arriba hacia abajo, subiendo y bajando los talones, pero sin levantar la punta de los zapatos. El silencio incomodaba y no había nada para romperlo y hacerlo pedazos para sacarse esa angustia atragantada. Quienes saben de desencuentros, saben que para una situación como esta, no alcanza solo con el esfuerzo físico. Se requiere de una fortaleza mental y de una concentración casi ancestral. Al reloj le sobraba tiempo y estaba ahí, esperando que los dos se hicieran cargo. Recién cuando entendieron que solo un milagro iba a hacer que sucediera un milagro, decidieron hacer algo al respecto.
Como si fuese una coreografía estudiada a la perfección, giraron sus torsos al mismo tiempo hacia el lado que estaba el otro. El envión hizo que también giraran los cuellos y así pudieran quedar cara a cara, aunque evitando mirarse. De a poco levantaron los brazos hasta la altura de los hombros ajenos. Los estiraron un poco más hasta poder llegar a la espalda del otro y con muchísima timidez, cruzarlos por detrás del cuello. Para ese momento los corazones empezaron a bombear y se turnaban para latir. Lo hacían cada vez más fuerte como queriendo despertar al resto de los órganos, para que supieran lo que estaba por pasar ahí. El frio de los huesos se iba descongelando a medida que la sangre corría por las venas. Todavía no se miraban a los ojos; faltaba un poco para eso. Ahora un archivo incalculable de imágenes se desbloqueó del cerebro y les invadió la memoria. Sintieron la necesidad de ponerse a llorar, pero para esta altura de la situación, implicaba mucho riesgo y podía interrumpir el desenlace. Sus cuerpos estaban tan cerca que podían reconocerse los olores. Se encontraron a propósito con la mirada y después de unos segundos se fundieron en un abrazo inolvidable, de esos que son tan fuertes que duelen. Pero que es un dolor dulce, un dolor que lava culpas. Un dolor arrepentido que hubiese querido volver el tiempo atrás para repetir ese abrazo por todas las veces que no lo habían hecho, vaya a saber uno por qué. Aunque a esta altura qué mierda importaba. No estaban ahí para buscar un por qué, sino un para siempre.
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Asalto a la felicidad

Domingo de otoño. La digestión adormecía a todos anunciando que la hora de la siesta había llegado. Llovía nostalgia. Carlos ocupaba la misma mesa de siempre, en el mismo bar de siempre. Desde la ventana veía como una cortina de agua formaba barrotes como si fuesen los de una cárcel, pero ni él ni su reflejo en el vidrio intentaban escapar de ahí. No había nada mejor para hacer que hacer nada en ese lugar. Repasó el diario que había leído esa mañana como si las noticias fuesen a ser un poco mejor. Tomó otro café, pero esta vez lo pidió cortado porque a veces le gustaba volcarle el sobrecito de azúcar solo para ver cómo se hundía en la espuma. Todavía faltaba para la hora del partido pero no le quedaba otra que esperar. Habiendo tantas cosas para hacer un domingo, se lamentó que su voluntad estuviera condenada a noventa minutos de sufrimiento por un partido que jugaban otras personas que ni conocía y en otro lugar.
 
El bar estaba lleno de mesas vacías. Cada tanto entraba algún cliente, pero enseguida se iba otro así que no se llenaba nunca. El dueño hablaba por teléfono detrás de la barra y el mozo limpiaba una de las mesas del fondo. El aburrimiento se había apoderado del café hasta que dos chorros entraron a los gritos a asaltar la monotonía del lugar. El monólogo de los ladrones fue el de siempre. Estos tipos ni siquiera cambian el libreto, pensó Carlos.
Uno le puso el fierro en la cien al dueño y el otro encaró para la única mesa donde podía afanar. Carlos miraba la escena como si fuese un arquero que espera el mano a mano con el delantero una vez que zafó de los marcadores centrales, hasta que el chorro se le paró enfrente y le exigió la guita. Le dio lo poco que tenía, pero el delincuente agitando el arma le pedía más. En esa locura enferma e impotente de un ladrón cuando no puede llevarse todo lo que quiere y está tan jugado que no le importa absolutamente nada porque tampoco tiene nada que perder, ya que su vida es la mismísma mierda, cargó el arma, le apoyó el fierro helado en la jeta y le dijo:
 
-Pedazo de hijo de puta, o me das la guita o me das tu infancia!
 
A Carlos lo delató su rostro. Le habían encontrado el botín; su caja fuerte. En su cara le estaban robando la fortuna que había hecho durante toda su vida. Se estaban quedando con todos sus ahorros, con su plazo fijo en felicidad. Le sacaban del bolsillo las miles de horas jugadas a la pelota en la calle. Le choreaban la primera vez que se apretó una mina, sus primeras vacaciones en Mar del Plata y hasta el olor a mandarina en los recreos del colegio. Se le estaban quedando con fajos de recuerdos con los pibes del barrio y con la herencia del amor por su equipo. El chorro estaba muy nervioso, la tensión crecía pero Carlos no estaba dispuesto a resignar semejante fortuna. Conciente de que era lo último que iba a hacer en su vida, pero con la tranquilidad de que a su infancia se la llevaba con él, se paró, cerró los ojos y dejó que un balazo le reventara la cabeza.

Miedo

El tipo entró a la cocina con el alma en la mano. Sin pedirle permiso, corrió la silla y se le sentó enfrente. Lo miró serio, con los ojos secos. Tenía las rodillas nerviosas y hasta se le veía el pulso. Lo primero que hizo fue pedirle que dejaran al resto afuera de todo esto. Era un asunto entre ellos dos. El miedo y él; él y el miedo; él y sus miedos.

 -No vengo de guapo-, balbuceó con un tono que literalizaba lo que decía.

 Todo lo contrario. Iba con el mismo temor con que uno enfrenta cara a cara al miedo, respirándole el aliento. Pero el miedo que sentía era tan grande que se convertía en valentía. Esa era la única razón por la que se encontraba ahí. En un segundo repasó sus cuarenta años y descubrió que después del día de su nacimiento, este era el más importante de su vida. Tenía que tomar la decisión que siempre había esperado, pero para la que no estaba preparado.

Como si el mundo estuviese pendiente de esto, dejó de girar. El reloj que colgaba de la pared miraba atento con las agujas cruzadas, olvidándose de que el tiempo dependía de él. Los ruidos se callaron y por primera vez en la vida, escucharon a los demás. Los olores se dejaron de sentir. El aire que entraba por la ventana ni siquiera respiraba para no interrumpir. Como si supiera que todos estaban esperando su descargo, el tipo le pidió a su garganta que tragara bien profundo y sin preámbulos ni arcadas, vomitó lo que sentía. Se dio vuelta de adentro para afuera y se sacudió las palabras asegurándose de no guardarse ninguna. Estaba todo sobre la mesa. No había mucho que aclarar. Solo agregó un punto esperando una respuesta del otro lado.

El miedo, que lo escuchaba atentamente, ni se inmutó. Lo miraba con sabiduría, pero mientras tanto buscaba las palabras adecuadas para devolver el golpe. Por un minuto se produjo un silencio ensordecedor hasta que por primera vez, y con esa voz que lo caracteriza, el miedo habló:

-Si cada vez que tengas que tomar una decisión importante desaparezco de tu vida, si dejases de sentirme y pudieras vivir en paz sin que te persiga como tu propia sombra hasta en la sombra, si estuvieses tan tranquilo que ya no necesitaras esconderte en el fondo de las sábanas con los ojos bien cerrados, si no temblases como la vejez por imaginarte lejos de los demás, si no tuvieses miedo por tener que barajar y dar de vuelta o si nada de todo esto te estuviera pasando, pobre de vos! Porque el día que descubras que ya no me sentís más, te vas a dar cuenta que estás acabado.

Te lo digo en serio

Da envidia verte reír. Te sale desde la panza con las tripas bien apretadas y pasa por las cuerdas vocales, como si fuesen un pentagrama con una clave de sol que te encandila. Cada risa tuya es la prueba irrefutable de que el alma no es invisible. Tenés la gracia de poder escupir carcajadas con la misma facilidad con la que los demás respiramos. Naciste con una risa que te multiplica los dientes y te hace desaparecer los ojos, mientras que nosotros andamos como idiotas frunciendo los cachetes como un acto reflejo cada vez que sonreís. Sos como una caja de tizas a punto de estrenarse. Dan ganas de agarrarse de tus huellas digitales para ir con vos a todos lados y que nos hagas llorar para descubrir que no sos un chiste. Te reís de la muerte para saber que seguís viviendo y sos capaz de pagar con tal de robarnos una sonrisa. Apuesto a que en este momento alguna carcajada debe estar haciendo eco entre tus huesos, tratando de llegar a la boca para escurrirse entre los dientes y salir a aturdirnos la tristeza.

Equis i griega zeta

“Escribir no es más que una excusa para decir cosas.”

Agarró el planeta con la mano, lo alejó un poquito para mirarlo bien y se dio cuenta de que en el mundo lo que andaban sobrando eran guerras. 

Se puso a pensar que ya llegamos al siglo veintiuno, sin contar todos los antesdecristo, y todavía hay países que basan su economía en el trueque, cambiando litros de petróleo por barriles de sangre. Que algunos todavía invierten plata en guerras por el oro, mientras la paz está cada vez más oxidada. Se indignó con los que creen que el agua nunca se va a acabar, porque pueden llenar océanos con lágrimas. 

Las empezó a contar y las guerras eran tantas que pudo conjugarlas: yo guerreo, tu guerreas, el guerrea y aunque no queramos, nosotros guerreamos. 
En tiempos en que si uno no se desarma se desalma, proponer la paz era algo estúpido, pensó. Si la gente quiere guerras, hay que darle una nueva guerra. Pero tiene que ser una que nadie luchó hasta ahora. Una que no sangre. Que se escriba con el cuerpo, para después ser parte de los libros de historia que todavía no salieron. Una guerra de todos contra nadie. Para eso, la lucha tiene que ser por algo que realmente valga la pena, sin que valga un centavo. Se trata de defender a muerte el último recurso no renovable que queda en el mundo: el abecedario. 

Se imaginaba a todos los países del mundo levantándose en armas, dejando la vida por esas veintisiete letras. Ejércitos de hombres y mujeres, sin distinción de color ni tinta, sacándole punta a los lápices. Soñaba con jóvenes empuñando lapiceras. Con abuelas dibujando banderas a mano alzada. Batallones interminables de chicos armados con crayones, luchando por el honor de los que alguna vez escribieron una poesía o una canción de amor. Todos dejando la vida por hache o por be, atrincherándose atrás de algún teclado. Había que invalidar los telegramas de renuncia, para que nadie se rindiera durante el enfrentamiento. De ser necesario, había que tatuarse las letras para entender la importancia de cada una de ellas. Desde la primera hasta equis i griega zeta. Era la única manera de que se dieran cuenta de que es más doloroso ser analfabeto que desangrarse. De que sin la eme se acaba el amor en el mundo y así me hundo. Que si te quiero tanto y vos me querés tanto, no podríamos sobrevivir sin la te. Y mucho menos permitir que nos separen en sílabas. 

Ojalá no llegue el día en que haya que pagar para escribir. Que no tengamos que usar el tesoro nacional para subsidiar palabras. Que los gobiernos no tengan que hacer campañas solidarias para ayudar a las poblaciones desnutridas de letras, mientras que algunos siguen dejando hojas en blanco.

Globo

De repente le dieron unas ganas terribles de volver a ser un niño. Y las ganas fueron tantas, que tuvo que soltar el globo de helio que imaginó que tenía en la mano, por miedo a salir volando.

Regimiento gramatical

Antes algunos andaban alegres, ajenos a bestialidades bajo barrotes bermellón, casi como cerdos capaces de destronar dioses de distintas dinastías. Difícil es estar en el éter entre estos estúpidos encolumnados felizmente. Fuimos, finalmente, fuertes falsificadores. Faltaron filósofos grandiosos, gitanos gladiadores, gobiernos genéticamente gloriosos. Ganamos ganancias gigantescas hasta hacer honorables horrores ilegales. Idiotas izquierdistas imitando imposibles ideales, jamás juramentamos jerarquizarnos. Juntábamos jazmines, jacarandas; jamás jilgueros kosovares. Kilométricas lágrimas limpiaron lastimaduras lejanas. Licenciados lagañosos llegaron llorando mientras muchas mujeres miraban morir marionetas musicales. Mañana negaremos narcotraficantes nacidos narigones. Ñoquis ñañosos. Ñiños obesos observados objetivamente, obedecen o pueden perecer por pedido popular. ¿Pero quién quiere que queden recuerdos? Reír respetuosamente recuerda religiones; resta rendición. Rockeros soberanos, supuestamente socialistas, salen sermoneando terribles temores. Todos tenemos tiempo Tokio. Taiwán también tiene universidades. Únicamente usted usurpa utopías ubicadas victoriosamente. Vacaciones veraniegas, vacas vergonzosas vistiendo viejos workaholics xenófobos y yo zigzagueando zapateo.

Y en esta esquina

Una vez más, la noche abría el telón dejando que las estrellas iluminaran el escenario. La calle se convertía en un cuadrilátero imaginario donde ese día, como todos los demás, se presentaba otra gran promesa; otro futuro campeón.

A pesar de la importancia del evento, el público casi ni se detenía a mirar. A la gente no le importaba que él estuviera parado en guardia, sosteniendo bajo el cuero treinta y dos flaquísimos kilos. Un peso que la balanza lo pondría en la categoría pluma, aunque estuviera muy lejos de poder volar. Su nombre, anónimo entre los desconocidos, desfilaba en esa cartelera hambrienta que cada día recibe a cientos de luchadores como él, postulantes a triunfar y poder subir un escalón en el podio de la vida. De esos que saben lo que es un combate desde el día que besan por última vez la placenta de su madre, para vérselas cara a cara con la lona. Que entrenan todos los días hasta que las tripas se retuercen y le avisan que el sol ya se escondió. Con hambre de gloria, pero de ese que le dan ganas a uno de meter la luna entre dos tajadas de pan y hacerla cuarto menguante de un mordisco.

Ahí estaba él, huérfano de cicatrices, aunque pudiera dar cátedra en esto de recibir golpes. Su vida era como un round sin cronómetro, pero a contra reloj. Esa noche no iba a haber apuestas. Tampoco propinas. Solo esperaba a que sonara la campana para lanzar su mejor golpe, ese pedido desesperado de igualdad que es como un derechazo al mentón que si te pega en la cara te destroza la paz y te rompe la comodidad hasta hacerte pedazos la culpa. Pero que te deja más consciente que antes y una vez que te levantás del suelo podés ver como te sangra la solidaridad a chorros

.Imagen

Foto by Xime Etchart http://www.ximenaetchart.com

Un tren con tres deseos

Cada vez que paso por abajo del puente de Los Incas y pasa el tren le reclamo los tres deseos que pido cada vez que paso por abajo del puente de Los Incas y pasa el tren le reclamo los tres deseos que pido cada vez que paso por abajo del puente de Los Incas y pasa el tren.

El color de la libertad

¡Te vas en penitencia al cuarto! ¡Y ni se te ocurra salir en toda la tarde!

Esas fueron las últimas palabras que Julián escuchó de su tía Aidé. 
Él la miró con ocho años de odio, todos juntos, y sin abrir la boca ni hablar una sola palabra, le dijo todo lo que sentía. Que sus padres lo mandaran a su casa a pasar los sábados porque ellos no podían cuidarlo, no le daba ningún derecho a esa vieja de porquería a ponerlo siempre en penitencia. Y mucho menos por una pavada como esa.

Dio un portazo que retumbó en toda la casa. Entró al cuarto y fue directo a pararse en el rincón. Se sintió un estúpido. Pensó en llorar, pero se guardó las lágrimas para otro día porque no le pensaba dar el gusto a su tía. Aunque tampoco iba a quedarse de brazos cruzados. 

Julián abrió un placar donde encontró una cartuchera llena de crayones. Agarró un cuaderno con apuntes de tejido y empezó a dibujar. Nada de lo que hacía le gustaba, entonces iba arrancando las hojas hasta que se quedó sin papel. Con el cuerpo apoyado sobre el escritorio y el brazo estirado, arrastró todo lo que había encima para seguir dibujando sobre la madera. Cuando en el escritorio ya no quedó más espacio, se pintó la ropa. Necesitaba seguir dibujando, y decidió que tenía que bajar al piso. En el camino dibujó la silla, sus zapatos y el aire. Corrió la cama: no pensaba dejar ni una maderita del parquet en blanco. Dibujó rayuelas pero nunca pudo llegar al cielo. Se metió en el placar, rayó los cajones, el espejo, las camisas, las medias y la moda. Ni miraba lo que hacía. Solo se dejaba llevar por las líneas que hacían los crayones. Cada tanto cerraba los ojos y respiraba fuerte porque le encantaba el olor pastoso de los colores. Los primarios se transformaban en secundarios. Los azules dejaron de ser fríos. Los negros aclaraban y el rosa cambió de sexo. No llovía con sol, pero en el cuarto había cientos de arco iris. Ya se había olvidado de su tía y de lo mucho que odiaba los sábados. 

De repente, Julián se vio parado en el centro de la habitación. Miró para todos lados y se encontró con que ya había pintado casi todo. Solo quedaba la pared. Estaba frente a la hoja en blanco más grande del mundo y no iba a desaprovechar esa oportunidad. Casi sin pensar en lo que iba a dibujar, su mano izquierda eligió un crayón verde. Hizo un rectángulo con forma de ventana, más o menos del tamaño de su cuerpo. Le dibujó unos marcos de madera y pintó unos vidrios de color transparente. Ahora agregó una cortina. Había hecho una traba, pero con la goma la borró para poder abrirla. Sintió un aire fresco que entraba y le daba en la cara. Cuando la cortina se movía un poco, se filtraba un rayo de sol con olor a tierra mojada. Se dio vuelta y miró como todo el cuarto estaba pintado. Esa imagen era el contraste más lindo que existía con su tía. 

Solo faltaba un detalle. Como no llegaba hasta la ventana, agarró un crayón de color madera para que fuera bien resistente y dibujó un banquito debajo de la ventana. Ahora sí, con mucho esfuerzo y torpeza pudo trepar. Corrió la cortina, abrió bien la ventana y desapareció para siempre de la casa de su tía Aidé.

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