Caja de herramientas

 

Cuando estoy triste vuelvo a la casa de mis viejos y abro la caja de herramientas de papá. La última vez encontré el mismo martillo al que siempre se le salía el cabo.
Un montón de tornillos sueltos que nunca van a encontrar a donde atornillarse.
Mis sueños de carpintero frustrado.
El eco de una frase que dice “yo cuando sea grande quiero ser.”
La imagen del viejo arreglando algo con el relato de un gol un domingo por la tarde.
Un olor que reconozco pero no me acuerdo a qué es.
Un cepillo de dientes morocho y despeinado que ningún dentista recomendaría usar.
¡ el olor de la casa de mi abuelo!
Un metro de madera ya petiso y mentiroso.
El insomnio de mamá porque la canilla de la cocina no para de gotear.
Llaves huérfanas que dejaron de abrir puertas pero nadie se digna a tirar.
La increíble sensación de sentirme grande cuando mi viejo me pedía que le alcance una “dieciséis”.
Las noches de navidad que se rompía el calefón justo cuando todos se tenían que bañar.
Una pinza nueva que desentona entre tantas herramientas usadas.
El primer dedo que me martillé.
El mameluco azul y los mocasines marrones de mi abuelo.
Y el segundo también.
La ilusión de progreso de miles de familia de clase media.
Levantarse temprano en Semana Santa para ir a pescar. No pescar nada.
El grito de mi viejo que si le vuelvo a sacar una herramienta y no la guardo donde estaba te fajo entendiste…
Domingo de lluvia: rompe cabezas y torta caliente.
El olor a vómito de la Plasticola.
Las ganas de volver a ser chico para soñar con ser grande.
El recuerdo de abrirla con la ilusión de encontrar la tuerca que completara mi juego de payanas.
Medias agujereadas y cordones desatados.
“Lo que la gotita pega nada nada lo despega.”
El Kaiser Carabela de mi abuelo que nunca conocí pero me lo imagino tal cual me lo describe.
Esa duda cuando era chico por no saber distinguir entre la llave inglesa y la llave francesa.
Frutillas en los codos y cascaritas en las rodillas.
Yo y mis hermanos jugando al “Veinticinco” y el burro adelante para que no se espante.
“A vos siempre se te ocurre arreglar algo cuando está la comida servida.”
Las bolitas en el tarro blanco de dulce de leche.
Olor a pasto recién cortado.
Mi corazón destrozado cuando me enteré que Papá Noel no existía.
Entrar al garage manejando el auto sobre las rodillas de mi viejo.
Una irónica postal de San Cayetano pidiendo trabajo entre tantas herramientas.
Botitas de gamuza, pitucones y el Circo de Moscú que nunca más fue a mi pueblo.
El gusto a grasa por comer mientras jugaba con las herramientas.
La risa que me causaba la palabra “tarugo”.
Saber que me daban fiado en la despensa aunque hubiese un cartel que decía “Hoy no se fía. Mañana sí”.
Lo difícil que es cortar la cinta aisladora con los dientes.
Esa bronca de dientes apretados por tener que abrirla y acomodar todas las herramientas otra vez para poder cerrarla.
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