Desconociéndonos

Llovía como tenía que llover ese día. Con ruido a techo de chapa y olor a tierra mojada. Y qué nos importaba si la ropa que habíamos dejado colgada afuera se mojaba; siempre quisimos caminar bajo la lluvia y empaparnos. A vos se te pusieron los labios morados y la piel más blanca y yo te dije que así eras más linda y vos te reíste aunque sabías que era mentira. Juro que eras más linda.

Entramos cargando todas las cosas que habíamos comprado en el mercado y cuando nos agachamos para apoyarlas en el piso helado de la cocina, nos encontramos con los ojos y sentimos un calor que nos quemaba. Hubo un silencio que duró hasta que el viento que entraba por debajo de la puerta hizo que se quejaran las bolsas de nylon. Después no se escuchó nada más. Cocina, living, sillón, sillón, piso, pasillo, cuarto. Cama. No hizo falta cerrar las cortinas, porque los besos empañaron los vidrios que descubrían corazones dibujados de otras tardes de lluvia. Arrugamos las sábanas un poco más y nos desvestimos desesperadamente. Yo a vos y vos a mi y los dos a la vez. Nos enredamos y nos desenredamos. Por un segundo se rompió el clima cuando no nos pudimos sacar los pantalones porque todavía teníamos los zapatos puestos. No había necesidad de ser sensuales. Nos dijimos cosas que nos daría vergüenza decirnos a la hora del café con leche con tostadas. No se si era la lluvia o qué, pero el mismo perfume de siempre ese día te quedaba más rico. Como si se hubieran dado cuenta de nuestro pudor, los espejos dejaron de mirarnos. Entonces las macetas se pusieron más lindas y las lámparas se vistieron mejor. La canilla del baño dejó de gotear para que no supiéramos que estaba ahí. Te toqué como la primera vez y te sentí diferente a todas las otras. Tarde de frases cursis y olores prohibidos. De precocidad aunque la experiencia. De teléfonos sin atender. De apodos pegajosos. De películas que alquilamos y nunca llegamos a ver. Tu ombligo. El dedo chiquito del pie.

Dormimos. Vos más porque yo me desperté con tus ronquidos, aunque te mentí y te dije que me había despertado porque tenía hambre. Fumamos acostados y hablamos de cosas intrascendentes. Cuando se producían silencios nos preguntábamos en qué pensás: en nada y vos, en nada. No sé en qué momento te pusiste una camisa mía, pero dejó de ser la más fea que tenía. Después de tanto desenfreno volvió la timidez. Te sacaste la camisa sin que alcanzara a verte desnuda, te envolviste en la sabana y corriste en puntas de pie hasta el baño. Cuando fui para la cocina a buscar agua traté de espiarte por la cerradura, como si supiera lo que iba a pasar.
Después; lo conocido, lo de siempre. Bajamos en el ascensor callados, mirándonos la punta de los pies. Los dos dudando si el beso de despedida convenía darlo en la mejilla o en la boca, por no saber lo que podía pensar el otro. Qué estupidez.

Ahora es de noche y vuelvo a estar en la misma cama. No me puedo dormir porque me arrepiento de no habértelo dado en la boca. Tampoco se si tengo frío o son esas ganas desesperadas, casi adictas que tengo de abrazarte, que busco la frazada allá abajo, en lo más hondo de mis piernas y me tapo. Y cuando empiezo a sentir calor es como un abrazo tuyo. Un abrazo de brazos cortos, pero que igual me cubren. Y me enredo en la sábanas y juego a que también te abrazo como si fuera la última vez que lo hiciera.

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