Vagones de rutina

Lunes, o martes, o miércoles. Lo mismo da. Ocho de la mañana y estás en la estación de tren yendo a trabajar. Frío. Mucho frío. Maldecís al transporte privado por no cumplir el horario a pesar de los subsidios. Cinco minutos. Diez minutos. Las agujas que también esperan con vos, no pueden dejar de avanzar. A medida que se suman los segundos, se suma más gente. Hasta que llega un momento que son tantos, que el tiempo se vuelve insignificante. 
La ves en el anden. Encorvada hasta partirse y abrigada apenas con su piel arrugada, sufriendo más que vos y te morís de ternura. Llega el tren. Al fin; pobre viejita. De repente sus setenta años ya no parecen tantos y se avalanza contra la puerta chocando a todos, metiéndose antes de que salgan los que acaban de llegar. Ahí es cuando todo cambia: donde el que te morís no querés ser vos, sino ella. Y tu ternura se transforma en odio y ya te arruinó la mañana vieja de mierda. 
Cuesta entrar al vagón. No tanto por la gente, sino por el olor. Es el mismo de ayer y el de la semana pasada. Y de la otra también. Perfume barato. Chipá. Mal aliento. Comida impregnada en la ropa de la gente. Pucho recién apagado. Chicle. Y de tutti fruti. Transpiración. Transpiración mezclada con desodorante. Agua de pancho. Resaca. Olor a viejo. Pañal. Medialunas. Café molido. ¿hay olor a café molido? No, pero te encantaría. Diario de hoy. Tinta recién impresa. Olor a malas noticias. 
Podrían publicarse tomos y tomos con tanta literatura ferroviaria. Pero lejos del silencio de una biblioteca, se lee Oscar y Marce, Boca capo, Cuervo amargo, María te amo – vos también amaste alguna vez a una María, pero los vagones no tenían la culpa-. Políticos chorros, Lafe aguanta, Puto el que lee, Aguante Los Redondo. Algo te incomoda cuando leés esto. No es que le falte una ese, sino que le sobra una a “Los”. Para que suene bien Redondo tiene que ser sin ninguna ese. Morón kpo, El punk no murió, Clases de armónica, Cumbia Villera y la lista sigue viajando. 
Aunque no las reconozcas, las caras son las mismas de siempre. Hay de sueño, de sufrimiento, maquilladas, caras de lunes aunque jueves, de tupper con restos de la comida, de examen, de cola de banco, caras de no veo la hora de tener un auto, de acidez por las matemáticas. 
Las estaciones están en el mismo lugar de todos los días. Villa Luro nunca se va a poner antes que Floresta sólo porque a algún pasajero sienta que el viaje se volvió rutinario. Y San Antonio de Padua carga con la cruz de llevar el nombre de un santo, pero se niega a complacer a la gente y desaparecer del recorrido sólo para que algunos pocos no lleguen tarde. Pobres estaciones, que viven de bienvenida en despedida a cada rato, de la alegría al llanto cada cinco minutos, encima tienen que soportar el desprecio.
Lo que ahorrás en pasaje, lo terminás gastando en kits de costura, invisibles para el pelo, estampitas, agendas, chocolates, bebidas, estrenos del cine en dvd mal grabados, mapas de la ciudad, encendedores, paraguas, herramientas con doscientas funciones, fundas para celulares, revistas. Todo sin compromiso de compra y con su respectiva fecha de vencimiento al dorso. 
Al glamour y la frivolidad los bajaron del tren por no pagar boleto, y el pasillo del vagón se transforma en un desfile de bajo presupuesto. Empleados con zapatos de alguna feria de ofertas, levemente reventados en sus costuras. Trajes especialmente heredados de algún tío desempleado y las manchas de transpiración visten exóticos detalles que realzan las camisas de los viajantes. 
El final es inevitable. Te vas acercando a la puerta como podés, resbalando entre la grasa de la gente, enganchando tu bolso con caderas que van en sentido contrario. Cola con cola, mejilla con boca, tu mano en pechos ajenos, pierna entre piernas, miradas que no se vuelven a ver y otras que se cruzan y estallan de odio en el aire porque me clavaste el portafolio. Salís expulsado, buscando el boleto en tu bolsillo. Hay un código preestablecido que te libera de toda culpa por patear o sacarle el zapato al de adelante. Avanzás con la masa de gente caminando a pasos cortitos como si fueran pinguinos, a pesar de que algunos insisten en que viajamos como ganado.

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