Con tinta en las venas

Fue alrededor de las cuatro de la madrugada en el medio de un terrible insomnio, de esos que parecen un sueño. 

Harto de si mismo, se levantó y caminó hasta su escritorio. Abrió su cuaderno, agarró una lapicera y mientras esperaba a que los bombazos de sangre que marcaban el pulso se fueran distanciando unos de otros, trató de escribir algo para calmarse. Pero no supo qué. Quiso pensar pero se olvidó cómo se hacía. 

Antes de que la locura lo dominara, se paró y fue corriendo hasta el baño a enfrentarse al espejo. Cuando se miró no vio nada: el espejo decía menos o tanto como su hoja en blanco. 

Era tal la desesperación que llegó a pensar en asaltar a alguien de la calle para robarle una idea. Pero antes de traicionar sus principios, prefería matarse. No hubiese podido decir lo que le pasaba porque de repente sintió que había dejado de sentir. Tenía que encontrar algo. Hurgar en su interior. Por eso abrió bien grande la boca y se metió la mano como queriendo llegar hasta los huesos. Los dedos se le enredaron con las cuerdas vocales. Entonces siguió con la piel. Empezó despegándosela de a poco. Y cada vez más fuerte, como si fuese una camisa. Luego se la arrancó con la misma desesperación con la que uno abre un regalo de cumpleaños. No le importó que el piso del baño se ensuciara con sangre porque al otro día iría la empleada y lo limpiaría. Cuando ya toda su piel estaba para afuera, con mucho cuidado se quitó los ojos y los apoyó sobre el lavatorio cosa de no perderlos de vista. Después se arrancó el pelo, la nariz y los dientes. Siempre creyó que tenía lindas orejas así que se las dejó. Se sacó la vergüenza, la gordura, el miedo, los complejos, la angustia, el sexo. Quería encontrar algo, así que no podía rendirse. Se metió el dedo en el ombligo hasta que lo agrandó bien y pudo abrirse al medio. Con una mano buscaba y con la otra iba sosteniendo los órganos para que no se cayeran al piso; después iba a ser complicado poner a cada uno de vuelta en su lugar. Como en la panza no encontró nada, se abrió bien el tórax, tomó un poco de aire, corrió los pulmones y llegó al corazón: seguía latiendo. Tuvo que sentarse en el inodoro por la emoción. 

Luego de unos minutos se reincorporó. Se miró al espejo así con el corazón abierto. Entonces se lo arrancó. Lo sujetó bien fuerte y se fue corriendo hasta su escritorio dejando los restos de si mismo en el baño. Se sentó nuevamente frente al cuaderno y apoyó el corazón con mucho cuidado sobre la hoja en blanco. Agarró una lapicera y con toda su fuerza lo atravesó dejándolo clavado ahí para siempre. 

Ahora sí puede ir a dormirse en paz con la tranquilidad de saber que está vivo y que podrá seguir escribiendo.

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