La última foto

 

Hay sólo dos razones para que a una persona se le ocurra prender un cigarrillo a las ocho de la mañana: o está muy nervioso, o. El tipo entró caminando apurado y no se dignó a apagarlo, ni siquiera aunque hubiese un cartel en la puerta indicando que estaba prohibido fumar. Pasó entre algunas personas de las cuales ni se acuerda la cara y se puso al final de la cola, asegurándose el último lugar. Para no ir hasta la mesa de informes le preguntó al señor que estaba delante suyo si esa era la cola para hacer la renovación. Éste le dijo que sí señalándole con el mentón un cartel que decía “Renovación”. Ese cartel es un asco pensó, y tendría que estar haciendo esa cola con el resto de la gente. 

El lugar era un salón enorme donde había un olor a trámite y mal humor que apestaba, faltaban sillas, sobraba gente y los televisores florecían del techo. No faltaban los oportunistas de siempre, empezando por el que vendía lapiceras, ya que siempre hay distraídos que se la olvidan y no tienen con qué llenar tantas líneas de puntos. Y si te vendo para escribir, también te vendo para borrar. O sea que ahí ya le sacaron unos quince pesos. Y seguro que como madrugó a las seis de la mañana para ir a hacer un trámite que tenía que estar a las ocho para hacer una cola y sacar un número para después hacer otra cola para hacer ese trámite, seguramente no desayunó, entonces le vendieron un café apestosamente rico y fuerte que le pegó un cachetazo y si con eso no se despierta, le venden el diario que con esas noticias en la tapa no hay chance de que no abra los ojos como dos huevos fritos. Listo, sumale doce pesos más. Prendió otro cigarrillo, lo cual indica que seguramente en algún momento había apagado el anterior.

Llegó al mostrador y una señora con cara de burocracia y mate dulce le dio los papeles que tenía que completar y un número por el que lo iban a llamar: el ciento cuarenta y seis. Qué número de mierda, pensó. Se sentó en una de las tantas sillas, llenó todos sus datos y se puso a leer el diario que le habían vendido. Pero no se podía concentrar porque todo el tiempo miraba el tablero electrónico para ver si faltaba mucho hasta que llegara el número de mierda. Y aunque veía que faltaban varios, cada vez que sonaba el tablero llamando al número siguiente, volvía a levantar la vista perdiendo el hilo de la lectura y haciendo el típico chasquido de la lengua contra el paladar seguido de una puteada susurrada. 

Pasaron unos veinte minutos hasta que lo llamaron de ventanilla del fondo. Se volvió a quejar porque hubiera preferido la que estaba enfrente suyo donde atendía un muchacho joven, al que le podría haber hecho algún comentario machista acerca de las mujeres que trabajan ahí. Resignado y haciendo maniobras para guardar sus cosas en el portafolios y sacar las planillas con todos sus datos, llegó a su ventanilla y le entregó todo a un señor canoso como diciendo tomá, ahora arreglátelas vos. El canoso revisó que todo estuviera completo y estampó un sello sobre los papeles (¿cuánto llevaba ya esa mañana?) y recién ahí lo miró con sus anteojos que se agarraban de la puntita de la nariz para no caerse y le dio otro número más. Pero esta vez era un número para pagar. 

Esa parte fue la más rápida y enseguida le tocó su turno, lo cual lo hizo pensar que cuando se trata de que pagues, no se demoran tanto los muy turros. Llegó a la caja y por primera vez desde que estaba ahí adentro, una morocha escotada y de uñas largas y blancas lo saludó con un macanudísimo qué tal señor cómo le va, cosa que los ciento treinta y pico de pesos no le dolieran tanto. Y ahora pase por el pasillo de la derecha hasta el fondo que sólo falta la fotito y las huellas dactilares, buen día y que le vaya muy bien. Mientras se alejaba por el pasillo aprovechó su reflejo en una ventana sucia que daba a una avenida y se peinó para la foto. La última puteada la usó mientras recordaba que no se había cortado el pelo. Después de todo, era una foto que lo iba a acompañar para el resto de sus días. Y cada vez que le pidieran su documento alguien la iba a ver, y no fuera cosa que pensaran que el día que hizo la renovación tuvo una mañana para el olvido.

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