Leer bien antes de escribir

Si hay algo que tenemos que saber a la hora de sentarnos a escribir, cuando uno se enfrenta a la hoja en blanco, es que la primera oración, ese conjunto de palabras que descansan sobre el primer renglón, tiene que ser letal. Una piña al mentón del lector. Un cross de derecha, o de zurda, según la mano con la que escribamos, que lo deje mareado y con el abecedario dando vueltas en la cabeza. Una vez logrado esto, ya podremos hacer lo que queramos con él. Solo será cuestión de darle buenos motivos para que siga avanzando de renglón en renglón hasta chocarse de frente con el punto final. Con el precipicio.

Aquellos que se entregan al arte de escribir, tienen la obligación moral de hacerlo con pasión, logrando que ese mundo de ficción se convierta en realidad, aunque sea por un rato. La tarea no es sencilla. Nadie dice que sea fácil describir los olores de tal forma que se huelan, pero al menos debemos lograr que el lector sienta la necesidad de acercar la nariz contra la hoja mientras está leyendo. O que alcance a sentir la suavidad de la piel si estamos hablando de las manos de una mujer. Y que realmente vea elefantes, sillones y tambores cuando describimos a las nubes que cuelgan del cielo. Es importante que los personajes sangren de verdad manchándole las manos al lector cuando son asesinados y que los signos de exclamación le aturdan los oídos.

Otro punto fundamental para mantener su atención, es que no midamos nuestras intenciones cuando queremos transmitirle algo. Si la idea es hacerlo reír, hagamos que se muera de la risa; literalmente. Que no pueda disimular las carcajadas mientras viaja en subte y que los pasajeros lo miren como si estuviese loco. Que se ría de tal forma que al libro lo prohíban en las bibliotecas y en las salas de espera de los hospitales. Ahora si nuestra intención es hacerlo llorar, que lo haga con lágrimas bien gordas y desconsoladas, de esas que bendicen al texto cuando caen sobre la hoja. Y que tenga que refregarse los ojos y secarlos con el puño de la camisa.

Una de las maneras de saber si el lector está disfrutando nuestro texto, es que nos insulte mientras nos lee. Que se muera de envidia porque dijimos algo que él hubiese querido decir, de una manera que él jamás hubiera podido escribir. Lo tiene que invadir esa ambigüedad de amarnos y odiarnos al mismo tiempo. Que no pueda dejar de leer si se está durmiendo aunque tenga que amenazar de muerte a sus párpados para que resistan unas líneas más. Si está viajando en tren, que le de lo mismo pasarse una estación con tal de no dejar el capítulo por la mitad. Y cuando esté llegando a las últimas páginas, que se haga trampa y empiece a leer más lento para que no se termine, porque después viene la angustia, el vacío de no vivir más en ese mundo paralelo, conviviendo con personajes que quizás nunca más vuelva a ver, al menos en este libro. 

El procedimiento final es similar al del principio. Solo que ya paseamos al lector por todas las sensaciones, lo arrastramos por mundos fantásticos y lo trajimos de vuelta, lo hicimos feliz y le rompimos el corazón: todo al mismo tiempo. Está agotado, como un toro agonizando al final de una corrida que busca desesperado el punto final. Hay que liquidarlo, y el golpe tiene que ser preciso. Porque sino, si llega a salir a salvo esta vez, es probable que nunca más nos quiera leer.

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