Madurez aniñada

El día de su cumpleaños número trece, cuando todos se habían ido, caminó hasta la plaza y se sentó en un banco. Estaba mirando a unos chicos que pateaban la pelota y de repente se largó a llorar. Había descubierto que ya no era posible escapar a mordiscones de una celda con barrotes de chocolate. Que las palomas de los cables ya no eran los broches para colgar la ropa de los gigantes. Que a la suerte había que ir a buscarla a un lugar mucho más lejos que el ta te ti. Que jamás le vería la cara a la señora de Tom & Jerry, aunque volviera a ver el dibujito mil veces. Que la gente no se resbala con cáscaras de banana, y que los bolsillos de su papá no siempre están llenos de monedas. Que la pecosa de rulos de séptimo grado le había roto el corazón y que se lo iban a romper muchas veces más. Que el mar no se vacía sacándole un tapón. Que el sapo en la barriga del que come y no convida, iba a ser libre. Que un gordo en un trineo era incapaz de repartir tantos regalos en una sola noche. Que un examen de historia no era el fin del mundo y si se le ocurría cambiarlo, a la historia la iba a tener que hacer él. Y que ya no le pertenecía ese mundo tan irreal, tan liviano y empalagoso, donde imposible nunca era el adjetivo de los sueños, y donde la moneda oficial era un botón.

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