Una quincena de felicidad

La fiesta más larga del mundo está por empezar. Hoy los Ruiz se van de vacaciones y para Martina es motivo suficiente para sentirse inmensamente feliz. Ni se subió al auto y ya tiene esa sensación como si se le hubiese metido arena en el zapato. Hace dos años fue por primera vez a la playa, pero todavía le queda ese sabor dulce del agua salada de mar. Martina es chica y para ella es lo mismo si la playa queda en el Caribe, el Mediterráneo, San Clemente o Mar del Plata. Para Martina es playa y punto. Tiene la edad justa para que no le importe si van en temporada alta o baja. Tampoco le preocupa que durante quince días vayan a almorzar sandwichitos de jamón y queso en pan lactal. Quizás proteste un poco cuando pase el heladero gritando lloren chicos lloren, y el padre se haga el distraído leyendo las necrológicas del diario, o justo se le ocurra desafiarla en una carrera hasta la orilla, bien lejos de donde pasa el heladero. Seguramente Martina no tenga ni idea de cómo se describe la felicidad, pero debe ser lo más parecido a hacerse milanesa, sin que te importe si después te queda arena en la espalda y te pique todo cuando te ponés la remera. Las vacaciones son la única condición por la cual uno puede negociar no ver a sus amigos durante quince días; el resto del año es una ley que ni el poder ejecutivo puede revocar. 

A ella no le va a agarrar un ataque de pánico y llanto cuando esté armando el bolso y no tenga ropa para salir, porque Martina todavía usa la ropa para vestirse y nada más. Y qué le importa si el traje de baño que lleva el padre es horrible, y sus piernas estén tan blancas como la camisa que se pone todos los lunes para ir a hacer trámites al banco. No se va a quejar si el viaje a la costa dura nueve horas, con paradas a estirar las piernas al borde de la ruta o porque el motor recalienta. Como tampoco si la casa que alquilaron queda a cuarenta cuadras del mar, sin microondas, ni cable, con adornos kitch y juegos de cubiertos de todos los colores. Total ella va a diseñar castillos de arena con todas las comodidades que quiera, sin tener que pagar un depósito a la inmobiliaria por si algo se rompe. Le va a gustar más la imagen de su padre cargando una heladerita que llevando su portafolios. Le suplicará a la madre que le compre remeras y adornos que digan “Recuerdo de” sin saber que dentro de unos años le van a parecer horribles. Pero lo que Martina ni se imagina, es que cuando las vuelva a ver dentro de mucho tiempo, van a ser las cosas que le traigan recuerdos intactos de esos días. Le van a pasar delante de su nariz los mismos olores, los mismos sabores; la misma sensación de creer que la niñez es para siempre, y que ser adultos es solo una cosa de grandes.

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