Archivos Mensuales: diciembre 2012

Un día en la vida de Gandolfo

Como todos los días el viejo Gandolfo se levanta, pone el agua para un té y mientras bosteza por tercera vez, empieza a guardar una por una cada estrella del cielo en su lugar. Es algo que hace casi de memoria, aunque hay veces que está tan dormido que mete alguna en la constelación equivocada. Una vez que termina y con una habilidad matemática, agarra el sol con un guante para no quemarse y lo amanece exactamente por el mismo lugar del horizonte de cada mañana. Luego junta unas cuantas páginas en blanco y las mete en unos gigantes fuentones llenos de tinta negra para que se tiñan de noticias y lleguen fresquitos a los puestos de diarios. Después da la orden a los locutores para que se asomen por las radios para hablarnos al oído. Mientras da vuelta las tostadas para que no se le quemen, saca los balcones de los edificios como si fueran cajones que salen a saludar al sol. Lo más difícil llega cuando tiene que decidir con qué vestir al día. Entonces para complacer a todos, le agrega un poco de calor, una pizca de viento y apenas unas gotitas de lluvia. De postre, arco iris.
Finalmente da un chasquido seco que hace despertar a todos al mismo tiempo y como si el planeta fuera un trompo, lo hace girar un poco para que arranque. Ahora sí, ya está listo para sentarse a disfrutar de su desayuno mientras otro día empieza de nuevo para todos nosotros.

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AL FONDO HAY LUGAR

(Carta de un hincha agradecido)

El futuro, seguro de lo que estaba haciendo, decidió que nacieras en la casa de un carnicero. Como una visión de lo que vendría muchos años después y a pesar de la porfía de tantos charlatanes, te fue tallando a la medida del saco que te tenías que poner y defender. Pero para que la obra fuera completa y casi perfecta, creyó que era mejor que supieras lo que era vivir entre la multitud y decidió que te criaras en el ceno de una familia numerosa.

Rolando Carlos Schiavi, el Flaco. Hay algo en tu apodo que se contradice con tu legado. Flaco que nos hiciste engordar de alegría y nos llenaste el corazón de gloria. Flaco por dejar tanto, por destriparte en cada pelota. Mientras crecías oliendo sangre ni te imaginabas que estabas escribiendo tu currículum para ponerte la camiseta de Boca. Tu egoísmo fue tan flaco, que como no te alcanzaba con dejar el corazón en cada pelota, un noche cruzaste la cordillera para dejarnos tu apéndice.

Tuviste el puesto de trabajo con el que todos los boquenses soñamos. Y te envidiamos por eso. Pero si supieras lo que se siente, lo que es corear tu nombre en las gradas de ese templo, reventándonos las cuerdas vocales y levantando los brazos a tu altura, vos también nos envidiarías un poco.

Recorrimos América y el mundo siguiendo tus grandes zancadas. Nos dejaste títulos, clásicos, goles y los mejores recuerdos. Pero para nosotros hay algo mucho más importante. Algo que no se encuentra en ninguna vitrina pero que quedará flotando en la Bombonera para siempre. Y eso es el miedo que los rivales sentirán cada vez que tengan que pasar por la zaga central, por el borde del área, temerosos de que tu alma los desparrame por el aire, en busca de robarles otra vez la pelota.

Yo solo te digo gracias.

Juan Cruz Vassallo

Socio N*78531-2

Este carta fue publicada en el diario Olé el día 8 de diciembre de 2012.

Este carta fue publicada en el diario Olé el día 8 de diciembre de 2012.

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