Camino al pasado

Todos, pero absolutamente todos, tienen un lugar en el mundo. No importa lo pobre que uno sea, igual puede tener ese espacio del universo que tanto se le antoja. Para construirlo, solo se necesita un corazón que bombee, una memoria que siga recordando y la capacidad, por mínima que sea, de imaginar. Eso es todo. No hacen falta créditos ni inmobiliarias de por medio. Al contrato se lo firma con las tripas y una vez que el alma dio su consentimiento, no hay ley en el planeta que lo pueda echar de ahí. Puede ser un pedazo de tierra o de cielo, bien egoísta por cierto, en el que con nada más desearlo, ya le pertenece a uno. A veces pasa que más de una persona elige el mismo lugar. Pero como casi todos le dan un significado diferente, nunca se generan conflictos. Tampoco es que la gente anda como loca buscando encontrar esos metros cuadrados de felicidad, todos amontonados peleándose por quién llegó primero. Si no, imagínense lo que sería el mundo. Se necesitarían más guerras y justamente en este momento, es lo que nos anda sobrando.

Emilio, de apellido no interesa porque su historia es igual de hermosa con solo saber su nombre, no era la excepción. Él había encontrado su propio lugar. Bastó con haber pasado una vez por ahí mientras viajaba quién sabe a dónde, para saber que ese pequeño y diminuto punto del universo, iba a ser suyo para siempre. No le pensaba cambiar nada. Lo iba a dejar tal cual lo habían revelado sus ojos el día que lo vio. La ventaja de invertir en ese lugar era que sabía que podía ir las veces que quisiera, sin preocuparse en lo más mínimo por el tiempo que le llevase llegar ahí. El valor del pasaje tampoco le importaba porque lo podía pagar con la memoria. Pero como esos pájaros que nacen con vértigo, la vida de Emilio no gozaba de mucha fortuna. No vamos a entrar en los detalles con los que tenía que lidiar su corazón, porque si empezamos a hablar de desamor, terminamos todos llorando. Pero si eligió ese lugar, fue justamente porque quedaba bien lejos de todo lo que podía contaminarle el corazón. Ir allá era una especie de escape. Una fuga mental donde cada vez que iba, cabía la posibilidad de empezar de nuevo, como si la esperanza tuviese forma de espiral. El lugar era simplemente un camino. Una recta larga e interminable que rozaba el horizonte y al llegar al final, se bifurcaba en dos. A Emilio le gustaba cerrar los ojos e imaginar que volvía a ese camino una y otra vez. Disfrutaba esa sensación de estar ahí y no avanzar nunca, de acelerar en pausa. De sentir que los árboles que bordeaban el asfalto iban quedando atrás, aunque él estuviese siempre en el mismo lugar. Y mientras agarraba fuerte el volante como aferrándose al pasado, iba viendo pasar su propia vida como si estuviese sentado en la butaca de un cine. En cada viaje nacía en su cabeza la posibilidad de cambiarlo todo. Solo necesitaba llegar al final, al punto donde esa recta eterna llegaba a su fin y se dividía en dos. Pero por más rápido que acelerara, nunca llegaba a destino. Había algo vicioso que hacía su cerebro y era que cada vez que su mente viajaba a ese lugar, las sensaciones se volvían tan reales como las sensaciones reales. A veces hasta podía sacar la cabeza por la ventanilla y sentir el viento en la cara, oler la agresividad del verde de los árboles y aturdirse con el silencio para sentirse solo con sus propias dudas.

Hace años que Emilio recorre esa ruta una y otra vez con el propósito de llegar a esa curva y tener aunque sea una mínima posibilidad de doblar, de ver lo que viene y poder cambiarlo todo. Pero aunque su mente siga acumulando millas imaginarias, todo sigue quedando siempre igual, tal como un día lo decidió el caprichoso pasado.

 

 

 

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