Globo

De repente le dieron unas ganas terribles de volver a ser un niño. Y las ganas fueron tantas, que tuvo que soltar el globo de helio que imaginó que tenía en la mano, por miedo a salir volando.

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Regimiento gramatical

Antes algunos andaban alegres, ajenos a bestialidades bajo barrotes bermellón, casi como cerdos capaces de destronar dioses de distintas dinastías. Difícil es estar en el éter entre estos estúpidos encolumnados felizmente. Fuimos, finalmente, fuertes falsificadores. Faltaron filósofos grandiosos, gitanos gladiadores, gobiernos genéticamente gloriosos. Ganamos ganancias gigantescas hasta hacer honorables horrores ilegales. Idiotas izquierdistas imitando imposibles ideales, jamás juramentamos jerarquizarnos. Juntábamos jazmines, jacarandas; jamás jilgueros kosovares. Kilométricas lágrimas limpiaron lastimaduras lejanas. Licenciados lagañosos llegaron llorando mientras muchas mujeres miraban morir marionetas musicales. Mañana negaremos narcotraficantes nacidos narigones. Ñoquis ñañosos. Ñiños obesos observados objetivamente, obedecen o pueden perecer por pedido popular. ¿Pero quién quiere que queden recuerdos? Reír respetuosamente recuerda religiones; resta rendición. Rockeros soberanos, supuestamente socialistas, salen sermoneando terribles temores. Todos tenemos tiempo Tokio. Taiwán también tiene universidades. Únicamente usted usurpa utopías ubicadas victoriosamente. Vacaciones veraniegas, vacas vergonzosas vistiendo viejos workaholics xenófobos y yo zigzagueando zapateo.

Y en esta esquina

Una vez más, la noche abría el telón dejando que las estrellas iluminaran el escenario. La calle se convertía en un cuadrilátero imaginario donde ese día, como todos los demás, se presentaba otra gran promesa; otro futuro campeón.

A pesar de la importancia del evento, el público casi ni se detenía a mirar. A la gente no le importaba que él estuviera parado en guardia, sosteniendo bajo el cuero treinta y dos flaquísimos kilos. Un peso que la balanza lo pondría en la categoría pluma, aunque estuviera muy lejos de poder volar. Su nombre, anónimo entre los desconocidos, desfilaba en esa cartelera hambrienta que cada día recibe a cientos de luchadores como él, postulantes a triunfar y poder subir un escalón en el podio de la vida. De esos que saben lo que es un combate desde el día que besan por última vez la placenta de su madre, para vérselas cara a cara con la lona. Que entrenan todos los días hasta que las tripas se retuercen y le avisan que el sol ya se escondió. Con hambre de gloria, pero de ese que le dan ganas a uno de meter la luna entre dos tajadas de pan y hacerla cuarto menguante de un mordisco.

Ahí estaba él, huérfano de cicatrices, aunque pudiera dar cátedra en esto de recibir golpes. Su vida era como un round sin cronómetro, pero a contra reloj. Esa noche no iba a haber apuestas. Tampoco propinas. Solo esperaba a que sonara la campana para lanzar su mejor golpe, ese pedido desesperado de igualdad que es como un derechazo al mentón que si te pega en la cara te destroza la paz y te rompe la comodidad hasta hacerte pedazos la culpa. Pero que te deja más consciente que antes y una vez que te levantás del suelo podés ver como te sangra la solidaridad a chorros

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Foto by Xime Etchart http://www.ximenaetchart.com

Un tren con tres deseos

Cada vez que paso por abajo del puente de Los Incas y pasa el tren le reclamo los tres deseos que pido cada vez que paso por abajo del puente de Los Incas y pasa el tren le reclamo los tres deseos que pido cada vez que paso por abajo del puente de Los Incas y pasa el tren.

El color de la libertad

¡Te vas en penitencia al cuarto! ¡Y ni se te ocurra salir en toda la tarde!

Esas fueron las últimas palabras que Julián escuchó de su tía Aidé. 
Él la miró con ocho años de odio, todos juntos, y sin abrir la boca ni hablar una sola palabra, le dijo todo lo que sentía. Que sus padres lo mandaran a su casa a pasar los sábados porque ellos no podían cuidarlo, no le daba ningún derecho a esa vieja de porquería a ponerlo siempre en penitencia. Y mucho menos por una pavada como esa.

Dio un portazo que retumbó en toda la casa. Entró al cuarto y fue directo a pararse en el rincón. Se sintió un estúpido. Pensó en llorar, pero se guardó las lágrimas para otro día porque no le pensaba dar el gusto a su tía. Aunque tampoco iba a quedarse de brazos cruzados. 

Julián abrió un placar donde encontró una cartuchera llena de crayones. Agarró un cuaderno con apuntes de tejido y empezó a dibujar. Nada de lo que hacía le gustaba, entonces iba arrancando las hojas hasta que se quedó sin papel. Con el cuerpo apoyado sobre el escritorio y el brazo estirado, arrastró todo lo que había encima para seguir dibujando sobre la madera. Cuando en el escritorio ya no quedó más espacio, se pintó la ropa. Necesitaba seguir dibujando, y decidió que tenía que bajar al piso. En el camino dibujó la silla, sus zapatos y el aire. Corrió la cama: no pensaba dejar ni una maderita del parquet en blanco. Dibujó rayuelas pero nunca pudo llegar al cielo. Se metió en el placar, rayó los cajones, el espejo, las camisas, las medias y la moda. Ni miraba lo que hacía. Solo se dejaba llevar por las líneas que hacían los crayones. Cada tanto cerraba los ojos y respiraba fuerte porque le encantaba el olor pastoso de los colores. Los primarios se transformaban en secundarios. Los azules dejaron de ser fríos. Los negros aclaraban y el rosa cambió de sexo. No llovía con sol, pero en el cuarto había cientos de arco iris. Ya se había olvidado de su tía y de lo mucho que odiaba los sábados. 

De repente, Julián se vio parado en el centro de la habitación. Miró para todos lados y se encontró con que ya había pintado casi todo. Solo quedaba la pared. Estaba frente a la hoja en blanco más grande del mundo y no iba a desaprovechar esa oportunidad. Casi sin pensar en lo que iba a dibujar, su mano izquierda eligió un crayón verde. Hizo un rectángulo con forma de ventana, más o menos del tamaño de su cuerpo. Le dibujó unos marcos de madera y pintó unos vidrios de color transparente. Ahora agregó una cortina. Había hecho una traba, pero con la goma la borró para poder abrirla. Sintió un aire fresco que entraba y le daba en la cara. Cuando la cortina se movía un poco, se filtraba un rayo de sol con olor a tierra mojada. Se dio vuelta y miró como todo el cuarto estaba pintado. Esa imagen era el contraste más lindo que existía con su tía. 

Solo faltaba un detalle. Como no llegaba hasta la ventana, agarró un crayón de color madera para que fuera bien resistente y dibujó un banquito debajo de la ventana. Ahora sí, con mucho esfuerzo y torpeza pudo trepar. Corrió la cortina, abrió bien la ventana y desapareció para siempre de la casa de su tía Aidé.

Con tinta en las venas

Fue alrededor de las cuatro de la madrugada en el medio de un terrible insomnio, de esos que parecen un sueño. 

Harto de si mismo, se levantó y caminó hasta su escritorio. Abrió su cuaderno, agarró una lapicera y mientras esperaba a que los bombazos de sangre que marcaban el pulso se fueran distanciando unos de otros, trató de escribir algo para calmarse. Pero no supo qué. Quiso pensar pero se olvidó cómo se hacía. 

Antes de que la locura lo dominara, se paró y fue corriendo hasta el baño a enfrentarse al espejo. Cuando se miró no vio nada: el espejo decía menos o tanto como su hoja en blanco. 

Era tal la desesperación que llegó a pensar en asaltar a alguien de la calle para robarle una idea. Pero antes de traicionar sus principios, prefería matarse. No hubiese podido decir lo que le pasaba porque de repente sintió que había dejado de sentir. Tenía que encontrar algo. Hurgar en su interior. Por eso abrió bien grande la boca y se metió la mano como queriendo llegar hasta los huesos. Los dedos se le enredaron con las cuerdas vocales. Entonces siguió con la piel. Empezó despegándosela de a poco. Y cada vez más fuerte, como si fuese una camisa. Luego se la arrancó con la misma desesperación con la que uno abre un regalo de cumpleaños. No le importó que el piso del baño se ensuciara con sangre porque al otro día iría la empleada y lo limpiaría. Cuando ya toda su piel estaba para afuera, con mucho cuidado se quitó los ojos y los apoyó sobre el lavatorio cosa de no perderlos de vista. Después se arrancó el pelo, la nariz y los dientes. Siempre creyó que tenía lindas orejas así que se las dejó. Se sacó la vergüenza, la gordura, el miedo, los complejos, la angustia, el sexo. Quería encontrar algo, así que no podía rendirse. Se metió el dedo en el ombligo hasta que lo agrandó bien y pudo abrirse al medio. Con una mano buscaba y con la otra iba sosteniendo los órganos para que no se cayeran al piso; después iba a ser complicado poner a cada uno de vuelta en su lugar. Como en la panza no encontró nada, se abrió bien el tórax, tomó un poco de aire, corrió los pulmones y llegó al corazón: seguía latiendo. Tuvo que sentarse en el inodoro por la emoción. 

Luego de unos minutos se reincorporó. Se miró al espejo así con el corazón abierto. Entonces se lo arrancó. Lo sujetó bien fuerte y se fue corriendo hasta su escritorio dejando los restos de si mismo en el baño. Se sentó nuevamente frente al cuaderno y apoyó el corazón con mucho cuidado sobre la hoja en blanco. Agarró una lapicera y con toda su fuerza lo atravesó dejándolo clavado ahí para siempre. 

Ahora sí puede ir a dormirse en paz con la tranquilidad de saber que está vivo y que podrá seguir escribiendo.

Algo que decir

si en realidad yo te llamé para que nos juntáramos a charlar de algo que vengo sintiendo desde hace un tiempo pero la verdad me cuesta mucho y no se por donde empezar te juro que tenía todo pensado lo que te iba a decir y ahora que te tengo en frente me bloqueo y las palabras como que se me atragantan y no me salen y me quema la panza que seguro debe de ser de los nervios porque cada vez que me pongo así me agarra acidez y sé que me tengo que tomar las cosas con calma analizarlas bien y no apurarme pero viste que si hay algo que tengo y que nunca pude corregir es mi ansiedad y ahora que lo pienso bien no se si te tendría que estar diciendo esto pero ya está no hay vuelta atrás y voy a tratar de usar toda mi sinceridad y hablarte desde el corazón porque esa es la razón por la que te llamé y te dije que necesitaba decirte algo y es que de golpe me di cuenta que me pasan cosas muy fuertes con vos y yo que creía que solo éramos amigos y que nunca jamás iba a sentir algo más que eso pero de repente descubrí que estaba reprimiendo mis sentimientos y si sigo así te juro que voy a explotar por no hacerme cargo de que lo que siento es en realidad amor por vos y si fuera por mi cambiaría las mejillas por la boca a la hora de los besos y te pido que no pienses que enloquecí aunque un poco puede ser pero es de amor por vos no te rías si ya se que esto es rarísimo encima en este bar nos ve todo el mundo pero en mi casa iba a ser imposible porque siempre hay gente dando vueltas y en tu casa tenía miedo de no se qué aunque ahora eso no es lo más importante y tampoco es necesario que me des una respuesta ya porque seguro esto te toma por sorpresa a mi también me pasaría lo mismo pero no aguantaba más y tenía que decírtelo pero si le digo todo así de golpe se va a asustar en realidad creo que tendría que ser más sutil o insinuárselo de a poco o tal vez no tal vez sienta lo mismo que yo la verdad ya no se qué hacer con esta situación que me está matando

Leer bien antes de escribir

Si hay algo que tenemos que saber a la hora de sentarnos a escribir, cuando uno se enfrenta a la hoja en blanco, es que la primera oración, ese conjunto de palabras que descansan sobre el primer renglón, tiene que ser letal. Una piña al mentón del lector. Un cross de derecha, o de zurda, según la mano con la que escribamos, que lo deje mareado y con el abecedario dando vueltas en la cabeza. Una vez logrado esto, ya podremos hacer lo que queramos con él. Solo será cuestión de darle buenos motivos para que siga avanzando de renglón en renglón hasta chocarse de frente con el punto final. Con el precipicio.

Aquellos que se entregan al arte de escribir, tienen la obligación moral de hacerlo con pasión, logrando que ese mundo de ficción se convierta en realidad, aunque sea por un rato. La tarea no es sencilla. Nadie dice que sea fácil describir los olores de tal forma que se huelan, pero al menos debemos lograr que el lector sienta la necesidad de acercar la nariz contra la hoja mientras está leyendo. O que alcance a sentir la suavidad de la piel si estamos hablando de las manos de una mujer. Y que realmente vea elefantes, sillones y tambores cuando describimos a las nubes que cuelgan del cielo. Es importante que los personajes sangren de verdad manchándole las manos al lector cuando son asesinados y que los signos de exclamación le aturdan los oídos.

Otro punto fundamental para mantener su atención, es que no midamos nuestras intenciones cuando queremos transmitirle algo. Si la idea es hacerlo reír, hagamos que se muera de la risa; literalmente. Que no pueda disimular las carcajadas mientras viaja en subte y que los pasajeros lo miren como si estuviese loco. Que se ría de tal forma que al libro lo prohíban en las bibliotecas y en las salas de espera de los hospitales. Ahora si nuestra intención es hacerlo llorar, que lo haga con lágrimas bien gordas y desconsoladas, de esas que bendicen al texto cuando caen sobre la hoja. Y que tenga que refregarse los ojos y secarlos con el puño de la camisa.

Una de las maneras de saber si el lector está disfrutando nuestro texto, es que nos insulte mientras nos lee. Que se muera de envidia porque dijimos algo que él hubiese querido decir, de una manera que él jamás hubiera podido escribir. Lo tiene que invadir esa ambigüedad de amarnos y odiarnos al mismo tiempo. Que no pueda dejar de leer si se está durmiendo aunque tenga que amenazar de muerte a sus párpados para que resistan unas líneas más. Si está viajando en tren, que le de lo mismo pasarse una estación con tal de no dejar el capítulo por la mitad. Y cuando esté llegando a las últimas páginas, que se haga trampa y empiece a leer más lento para que no se termine, porque después viene la angustia, el vacío de no vivir más en ese mundo paralelo, conviviendo con personajes que quizás nunca más vuelva a ver, al menos en este libro. 

El procedimiento final es similar al del principio. Solo que ya paseamos al lector por todas las sensaciones, lo arrastramos por mundos fantásticos y lo trajimos de vuelta, lo hicimos feliz y le rompimos el corazón: todo al mismo tiempo. Está agotado, como un toro agonizando al final de una corrida que busca desesperado el punto final. Hay que liquidarlo, y el golpe tiene que ser preciso. Porque sino, si llega a salir a salvo esta vez, es probable que nunca más nos quiera leer.

Pelando manzanas

No importa que sea primavera o verano, si hace más frío que en la Antártida o si tenemos las hojas por el piso. El ritual de pelar una manzana de principio a fin, sin que se nos corte la cáscara por la mitad, justo en la parte más panzona, es algo que cualquier persona debería hacer al menos una vez en la vida. Aquellos que lo lograron, aseguran que la sensación es incomparable.

Es solo cuestión de caminar hasta la verdulería más cercana, pararse frente al cajón de manzanas y dejarse elegir por una de ellas. El verdulero te va a mirar con cara de limón cuando le pagues una miserable manzana con diez pesos, y ni siquiera seas capaz de agregar un kilo de duraznos o una bolsa de papas para no dejarlo sin cambio.

El siguiente paso es elegir el cuchillo adecuado. No es recomendable uno serrucho ni uno para untar. Y mucho menos una cuchilla, porque podemos intimidar a la manzana haciéndole arrugar su cáscara, cosa que dificultaría mucho nuestra tarea. Una vez elegido el cuchillo, es hora de desnudar a la manzana de su piel roja y arrancarle sus jugosos prejuicios.

Es conveniente empezar por la parte de arriba, justo donde está el cabito. Algunos, y solo por una cuestión de comodidad, prefieren arrancárselo. Para hacerlo, también hay diferentes técnicas que no vamos a explicar en este momento porque nos desviaríamos de nuestro relato. 
El movimiento de las manos, tanto de la que tiene la manzana como de la que tiene el cuchillo debe ser simultaneo, girando ambas en sentido contrario, dejando caer la piel con mucho cuidado para que el mismo peso no la corte. La cáscara irá cayendo en forma de tirabuzón y verla ahí enrulada te van a dar ganas de ir a dar una vuelta al mundo. O lo que es mejor, de darle un mundo a la vuelta.

Mientras pelás la manzana, podés jugar a ir recitando el abcedario. Si la cáscara se corta en una letra, será la inicial de la persona con la que te vas a casar. Los enamorados de las Marías tratarán de llegar hasta la mitad; y las que sueñan con principes azules llamados Víctor, harán lo imposible por avanzar hasta lo último.

El final es lo más difícil: para esta altura la manzana ya se está desangrando y el jugo te empieza a chorrear haciendo que se te resbale de las manos. La transpiración rebalsa y se te cae del cuerpo. Los nervios se vuelven ingobernables. La ansiedad te acelera el pulso haciendo cansar más tus manos y la vista se desconcentra. No llegar sería un fracaso. Porque ya estás ahí, casi a punto de lograr, al menos una vez en la vida, uno de los placeres más jugosos que existen.

Una quincena de felicidad

La fiesta más larga del mundo está por empezar. Hoy los Ruiz se van de vacaciones y para Martina es motivo suficiente para sentirse inmensamente feliz. Ni se subió al auto y ya tiene esa sensación como si se le hubiese metido arena en el zapato. Hace dos años fue por primera vez a la playa, pero todavía le queda ese sabor dulce del agua salada de mar. Martina es chica y para ella es lo mismo si la playa queda en el Caribe, el Mediterráneo, San Clemente o Mar del Plata. Para Martina es playa y punto. Tiene la edad justa para que no le importe si van en temporada alta o baja. Tampoco le preocupa que durante quince días vayan a almorzar sandwichitos de jamón y queso en pan lactal. Quizás proteste un poco cuando pase el heladero gritando lloren chicos lloren, y el padre se haga el distraído leyendo las necrológicas del diario, o justo se le ocurra desafiarla en una carrera hasta la orilla, bien lejos de donde pasa el heladero. Seguramente Martina no tenga ni idea de cómo se describe la felicidad, pero debe ser lo más parecido a hacerse milanesa, sin que te importe si después te queda arena en la espalda y te pique todo cuando te ponés la remera. Las vacaciones son la única condición por la cual uno puede negociar no ver a sus amigos durante quince días; el resto del año es una ley que ni el poder ejecutivo puede revocar. 

A ella no le va a agarrar un ataque de pánico y llanto cuando esté armando el bolso y no tenga ropa para salir, porque Martina todavía usa la ropa para vestirse y nada más. Y qué le importa si el traje de baño que lleva el padre es horrible, y sus piernas estén tan blancas como la camisa que se pone todos los lunes para ir a hacer trámites al banco. No se va a quejar si el viaje a la costa dura nueve horas, con paradas a estirar las piernas al borde de la ruta o porque el motor recalienta. Como tampoco si la casa que alquilaron queda a cuarenta cuadras del mar, sin microondas, ni cable, con adornos kitch y juegos de cubiertos de todos los colores. Total ella va a diseñar castillos de arena con todas las comodidades que quiera, sin tener que pagar un depósito a la inmobiliaria por si algo se rompe. Le va a gustar más la imagen de su padre cargando una heladerita que llevando su portafolios. Le suplicará a la madre que le compre remeras y adornos que digan “Recuerdo de” sin saber que dentro de unos años le van a parecer horribles. Pero lo que Martina ni se imagina, es que cuando las vuelva a ver dentro de mucho tiempo, van a ser las cosas que le traigan recuerdos intactos de esos días. Le van a pasar delante de su nariz los mismos olores, los mismos sabores; la misma sensación de creer que la niñez es para siempre, y que ser adultos es solo una cosa de grandes.

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