Un año menos

Para cuando uno se quiere acordar ya le está pisando los talones a diciembre, haciendo equilibrio para no caerse en el año que viene, con las luces del arbolito que le encandilan la cara y un olor a pan dulce que se le filtra por todos lados. Uno ya se gastó como trecientos y pico de días así como si fuesen reciclables, sin darse cuenta de que el tiempo se evapora en el mismo momento en que transcurre. Es cuestión de llegar a la hoja número doce del almanaque para recordar que hay que guardar toda la ropa de invierno en el baúl lleno de naftalinas. Diciembre es como esos últimos cinco minutos del examen donde uno se da cuenta que todavía le faltan contestar esas tres preguntas y le agarra un ataque de nervios y quiere hacer todo a la vez. Para esta altura del año ya no se puede pensar tan claro porque el calor hace transpirar a las ideas. Encima todavía falta hablar con los familiares y definir qué se va a hacer, si vos preparás las ensaladas y yo me encargo de las bebidas, y de paso estrenamos el freezer que compré con los puntos de la tarjeta de crédito. Lo que si te digo que este año ni pienso disfrazarme de Santa porque los sobrinos ya están bastante grandulones. 

Uno hace una listita imaginaria en la cabeza con todas las cosas que no hizo que se había propuesto al empezar este año. El estrés llega a su pico máximo cuando me doy cuenta de que todavía tengo que pensar en las vacaciones y si realmente vale la pena gastar tanta plata tirado bajo una sombrilla o cambiar el modelo de auto. La cuenta regresiva ya está en marcha y nadie la va a detener. El servicio meteorológico anuncia días de pesadas comidas, con probabilidades de chaparrones de sidra, inevitables garrapiñadas y violentos venturrones.

Anuncios

Si lo ves a Marito

Hace varios días que Marito anda raro. Como si le anduviese sobrando la nostalgia. Ojo: él no se queja. Pero si uno lo conoce bien, se da cuenta de que algo le pasa. Como si su presente anduviese todo el día bordeando el pasado, coqueteando con un tiempo que seguro ya vivió. Un tiempo que al recordarlo es cada vez mejor. Mario está seguro que a todos les pasa lo mismo. Pero por las dudas no dice nada, no vaya a ser cosa que piensen que es un infeliz y anda dando lástima a cambio de limosna.
No debe ser fácil para él soportar esto. Sobre todo porque es de esa clase de personas que nacieron con la bendita desgracia de sentir las cosas más que los demás. Tanto las buenas como las no tanto. Todo le afecta o lo infecta. Como si su piel fuese un impermeable viejo y agujereado donde no queda otra que resignarse y tener que vérselas cara a cara con los recuerdos. Y Mario no es tan ingenuo como para andar nostalgiando nostalgias que nostalgean mal. Pero eso es algo que él no puede manejar. 
Para Marito el corazón es como un mueble viejo con miles de cajones donde uno va archivando de todo. Y a veces de tanto que bombea, algún cajón puede abrirse y si justo lo que se escapa es algún recuerdo o un cacho de melancolía, ahí te quiero ver. 
Más de una vez los amigos lo han escuchado quejarse de que al día de hoy, la ciencia no pudo descubrir por qué los recuerdos cambian de tamaño con el paso del tiempo. Cada vez que recuerda su infancia, para él Flores no era un barrio, sino todo el mundo. Los veranos duraban todo el año. Los amigos no se acababan nunca. El departamento de tres ambientes donde se crió era un castillo y el techo era más alto; el pasillo no parecía tan corto y hasta cree que de chico podía correr y correr y si se esfuerza un poco más, jura que sus gritos se multiplicaban por la casa en eso que llaman eco. 

Mario pasa la mayor parte del día improvisando teorías para justificar alguna de sus penas. Pero para comprender estas teorías y estar de acuerdo, es necesario compartir la misma pena con él. Y eso no es justo. Según Mario todos tenemos algo que esconder, algo adentro nuestro que no queremos que el resto del mundo vea. Y aunque nos curaría desvestirnos y asomarlo un poco más a la luz, nos envolvemos en arco iris fingiendo que todo está bien. 

Por eso si uno llega a cruzarse con Marito, es mejor no preguntarle cómo anda. Con un qué hacés Marito cómo va, alcanza y sobra. Y no porque haya que soportarle sus miserias y sus discursos lacrimógenos. Todo lo contrario. Pero por cada mentira que cuente con tal de mostrarse feliz, es una nueva angustia con la que él se las tiene que arreglar solito.

El gusto es mío

Si hay algo que no me gusta es hacer las cosas por obligación. Cuando me dicen tenés qué. Y ese qué no va con tilde, pero lo pongo así para que suene más qué. Ahora resulta que me obligan a hacer una lista anotando las cosas que me gustan. ¿Acaso no tienen cosas que les gusten y necesitan de las mías? Hay un sentido de pertenencia con ese tipo de cosas, que cuando le gustan a demasiada gente tengo miedo que empiecen a desgustarme. Así que acá me tienen, traicionándome y contándole a todos esto que no debería. Pero advierto que si alguno les gusta mis mismas cosas, seguramente no les gusten tanto como a mi. 

De las tantas cosas que me gustan, caminar atrás de los señores que fuman pipa para ir oliendo el humo que desperdician, está entre mis preferidas. Me gusta sonarme los dedos de las manos y que la gente se siga mandando postales. Y también sonarme los dedos de los pies. Me gustan los cuadros de colores que se forman cuando los verduleros acomodan los cajones de frutas. Que todos se rían cuando hago un chiste y saber que voy a llegar a viejo. Me gusta la música clásica, el folklore, el rock, la cumbia y el tango. Y el tango también. Me gustaría que la h no fuese muda o que alguien se digne a inventarle un sonido. Me encanta putear y más de uno va a coincidir conmigo: todos deberían putear un poco más. Pero nada de puteadas educadas sino puteadas con una pe bien grande. Me gusta que toquen timbre en casa cuando no espero que toquen timbre en casa. Me gusta escribir pero más me gusta leer. Quedarme dormido y acordarme lo que sueño. Aunque a veces me gusta más escribir que leer. Vivir todo el año viajando por el mundo y poder tomarme al menos quince días hábiles para ir a trabajar. El olor a nafta y a naftalina. Y el olor a mandarina también porque me recuerda la hora del recreo en la primaria. Me gusta cuando a la gente le combina el nombre con su cara: no te podés llamar Ramón y tener cara de Gustavo. Empezar a hojear las revistas de atrás para adelante. Me produce muchísimo placer ponerme de frente a un ventilador, hablar y escuchar como se deforma lo que le digo. Me gusta lo salado y creo que lo dulce es más un clisé en el mundo de los antojos. Encontrar plata y no devolverla. El huevo frito, el color del huevo frito, el sabor del huevo frito, mojar el pan en huevo frito, y que por suerte no a todo el mundo le guste el huevo frito. Me gusta cuando la gentesejunta y que todos pensemos diferente. Ir a un café y encontrar una mesa contra la ventana. Que no me guste el frío así me gusta el calor. Me gusta reconciliarme pero es una pena que antes tengamos que pelearnos. Que el blanco sea un valor y poder usarlo sin pagar un centavo. Que los que no pueden viajar vayan a los aeropuertos a ver cómo despegan los aviones, y que do re mi fa sol la si se ordenen de tal manera que nos den ganas de ponernos a bailar. Me gusta hablar solo y darme cuanta que a veces me contesto. Pero lo que más me gusta es que puedo enumerar cosas que no me gustan tanto, pero cuando las escribo pareciera que si.

La última foto

 

Hay sólo dos razones para que a una persona se le ocurra prender un cigarrillo a las ocho de la mañana: o está muy nervioso, o. El tipo entró caminando apurado y no se dignó a apagarlo, ni siquiera aunque hubiese un cartel en la puerta indicando que estaba prohibido fumar. Pasó entre algunas personas de las cuales ni se acuerda la cara y se puso al final de la cola, asegurándose el último lugar. Para no ir hasta la mesa de informes le preguntó al señor que estaba delante suyo si esa era la cola para hacer la renovación. Éste le dijo que sí señalándole con el mentón un cartel que decía “Renovación”. Ese cartel es un asco pensó, y tendría que estar haciendo esa cola con el resto de la gente. 

El lugar era un salón enorme donde había un olor a trámite y mal humor que apestaba, faltaban sillas, sobraba gente y los televisores florecían del techo. No faltaban los oportunistas de siempre, empezando por el que vendía lapiceras, ya que siempre hay distraídos que se la olvidan y no tienen con qué llenar tantas líneas de puntos. Y si te vendo para escribir, también te vendo para borrar. O sea que ahí ya le sacaron unos quince pesos. Y seguro que como madrugó a las seis de la mañana para ir a hacer un trámite que tenía que estar a las ocho para hacer una cola y sacar un número para después hacer otra cola para hacer ese trámite, seguramente no desayunó, entonces le vendieron un café apestosamente rico y fuerte que le pegó un cachetazo y si con eso no se despierta, le venden el diario que con esas noticias en la tapa no hay chance de que no abra los ojos como dos huevos fritos. Listo, sumale doce pesos más. Prendió otro cigarrillo, lo cual indica que seguramente en algún momento había apagado el anterior.

Llegó al mostrador y una señora con cara de burocracia y mate dulce le dio los papeles que tenía que completar y un número por el que lo iban a llamar: el ciento cuarenta y seis. Qué número de mierda, pensó. Se sentó en una de las tantas sillas, llenó todos sus datos y se puso a leer el diario que le habían vendido. Pero no se podía concentrar porque todo el tiempo miraba el tablero electrónico para ver si faltaba mucho hasta que llegara el número de mierda. Y aunque veía que faltaban varios, cada vez que sonaba el tablero llamando al número siguiente, volvía a levantar la vista perdiendo el hilo de la lectura y haciendo el típico chasquido de la lengua contra el paladar seguido de una puteada susurrada. 

Pasaron unos veinte minutos hasta que lo llamaron de ventanilla del fondo. Se volvió a quejar porque hubiera preferido la que estaba enfrente suyo donde atendía un muchacho joven, al que le podría haber hecho algún comentario machista acerca de las mujeres que trabajan ahí. Resignado y haciendo maniobras para guardar sus cosas en el portafolios y sacar las planillas con todos sus datos, llegó a su ventanilla y le entregó todo a un señor canoso como diciendo tomá, ahora arreglátelas vos. El canoso revisó que todo estuviera completo y estampó un sello sobre los papeles (¿cuánto llevaba ya esa mañana?) y recién ahí lo miró con sus anteojos que se agarraban de la puntita de la nariz para no caerse y le dio otro número más. Pero esta vez era un número para pagar. 

Esa parte fue la más rápida y enseguida le tocó su turno, lo cual lo hizo pensar que cuando se trata de que pagues, no se demoran tanto los muy turros. Llegó a la caja y por primera vez desde que estaba ahí adentro, una morocha escotada y de uñas largas y blancas lo saludó con un macanudísimo qué tal señor cómo le va, cosa que los ciento treinta y pico de pesos no le dolieran tanto. Y ahora pase por el pasillo de la derecha hasta el fondo que sólo falta la fotito y las huellas dactilares, buen día y que le vaya muy bien. Mientras se alejaba por el pasillo aprovechó su reflejo en una ventana sucia que daba a una avenida y se peinó para la foto. La última puteada la usó mientras recordaba que no se había cortado el pelo. Después de todo, era una foto que lo iba a acompañar para el resto de sus días. Y cada vez que le pidieran su documento alguien la iba a ver, y no fuera cosa que pensaran que el día que hizo la renovación tuvo una mañana para el olvido.

Sueño profundo

Apagó el despertador y fue hasta el baño. Hizo pis, se cepilló los dientes y agarró su pistola. Mirándose al espejo, se reventó la cabeza de un tiro. No se había dado cuenta que ya no estaba soñando.

Días a la marchanta

Cuando se aburría de que todos los días fueran iguales, agarraba a lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo, se los metía en el bolsillo del saco y empezaba a caminar hasta alejarse de todo el mundo. Cuando sentía que ya nadie lo estaba mirando, sacaba los días del bolsillo y con el puño bien cerrado empezaba a agitarlos bien fuerte. Y mientras los agitaba hacía el gesto de acercarse el puño a la oreja achinando los ojos para sentir que estuvieran todos ahí, los siete. Repetía ese movimiento durante unos diez, quince segundos. Cuando ya los había mezclado bien, alejaba la mano del cuerpo como si fuese a soltar un pájaro y abría de a poco los dedos liberándolos de a uno, en el orden que ellos quisieran. Entonces era así como el lunes aparecía en la mitad de la semana y dejaba de ser el peor día, el más odiado. El sábado se colaba en el lugar del martes y había millones de citas nuevas y la gente se mataba tratando de conseguir entradas para el cine y llenaban los restaurants y comían a reventar y tomaban vino con soda y soda con vino. De repente el jueves los futboleros se descubrían con la oreja pegada a la radio, escuchando el partido con un gorrito con los colores de su equipo. El viernes las madres mandaban a dormir temprano a sus hijos porque quedaba toda la semana por delante y sino cómo estudian. El miércoles hubo abuelas que amasaron ravioles para un batallón. Al martes le tocó bancarse la resaca y lo mandaron al final de todo. Y el domingo a las ocho de la mañana, no había nadie que no estuviera de traje y corbata, listo para arrancar la semana.

Besando la lona

Tarde nublada de domingo en algún café de Paris. Era el día del combate. Aunque la cita estaba arreglada para las cuatro, él llegó antes. Un poco por su ansiedad y otro tanto para verla llegar. Eligió una mesa contra la ventana y mientras la esperaba, jugaba a adivinar cómo estaría vestida. La imaginó de mil maneras, abrigada con diferentes colores, le diseñó trajes que nunca había usado y hasta le inventó peinados imposibles. Pero cuando la vio entrar lo que mejor le quedaba era su gran sonrisa; la misma de siempre.

Era la primera vez que se sentaban enfrentados y los separaba algo más que una mesa. A pesar de haberse visto tantas veces, las miradas eran incómodas. Por suerte el mozo y su protocolo, se acercaron en el momento en que los nervios comenzaban a adueñarse de la situación. Pidieron cerveza y hablaron de temas intrascendentes. Ella comentó que le llamaba la atención que casi todos los mozos eran estudiantes de sociología; él se quejó de que su insomnio no sólo no lo dejaba dormir, sino que además le impedía soñar. Iban dando vueltas en círculos como entrando en calor, casi como esquivando el tema. Ninguno se animaba a tirar la primera frase ni mostraba su estrategia. Hasta que de repente sonó la campana y tuvieron que salir de sus rincones a exponer su defensa. Los primeros golpes eran suaves y medidos. Como caricias, pero de esas que igual lastiman. Se respetaban mucho porque se conocían bastante. El espectáculo parecía guionado y ninguno se animaba a salirse del libreto. Hubo momentos épicos, de esos en los que uno se queda esperando la repetición en cámara lenta. No había sangre pero sobraban heridas. A ella se le hinchaban los párpados cada vez que él sacaba una respuesta, y a él se le retorcía el estómago cuando ella protegía su orgullo. El público iba rotando pero las mesas estaban siempre llenas, dándole el marco que el combate se merecía. Esa tarde no hubo apuestas porque no había favoritos. Tampoco hubo aliento porque no había buenos ni malos. Cada tanto el mozo se asomaba desde la cocina para verificar que todo estuviera en orden. Ninguno quería escuchar la última campana porque sabían el desenlace. Finalmente el mozo se acercó y dejó la cuenta como tirando la toalla a favor de los dos. El combate fue a un sólo round, pero de esos que duran horas. No hubo K.O. ni puntos que repartir. Los dos habían perdido, pero algo habían ganado. 

La ceremonia final fue emotiva. Caminaron juntos hasta la estación de tren y se dieron, quizás, el último abrazo. Un abrazo mucho más fuerte que cualquiera de los golpes. Se miraron a los ojos y se quedaron con unas ganas inmensas de darse un beso más. Cada uno fue hasta su andén. El tren de él llegó primero. Subió y buscó otra vez una ventana, pero esta vez para ver cómo se alejaba. Ella se reía y lloraba para fuera. Él saludaba y lloraba por dentro. Se fueron haciendo chiquitos hasta desaparecer de vista pero nunca de su memoria, sabiendo que ahora tienen esa marca imborrable de haber pasado por la vida del otro. Y ahí andan, rozándose los recuerdos, repasando una y mil veces esa tarde imborrable de domingo.

Desastre literal

Primero fue un aire caliente seguido por dos gotas locas. La mandarufa vino después, y la gente empezó a correr desesperada en busca de un refugio. Los edificios se agarraron de las manos para evitar un dominó de rascacielos. Las flores se resignaron y le regalaron sus pétalos al viento. La mugre daba vueltas formando tribuletas que chupaban a la gente. Los peinados se despeinaron. Los autos se desestacionaron. 
A los techos se le erizaron las tejas y los besos nunca llegaron a destino. Las palomas desarmaron sus nidos y se mandaron a mudar. La ciudad había quedado destrozada, como cada vez que a un camango antológico se le ocurre jugar al trompo con la tierra.

Tu segundo beso, el primero

Imaginate que un buen día, el de arriba se levanta más bondadoso que de costumbre y con unas ganas terribles de regalar deseos. Te elige a vos y te dice que elijas el momento más feliz de tu vida. Ese que al recordarlo te agarra como un nosequé. Decidirte no te cuesta mucho. De repente te das cuenta de que tenés doce años, un corte de pelo tipo taza y unos nervios que te morís. Estás en un cumpleaños. Casi todos están bailando solos hasta que uno va y pone el casete de lentos. Como si hubiera un orden preestablecido, se forma una fila donde vos y tus compañeritos se ponen de un lado, y las nenas del otro. Ustedes las agarran de arriba de la cintura, y ellas apenas apoyan las manos sobre sus hombros. Todos bailan igual. Ninguna pareja se mira a los ojos. A vos te toca Luján. En realidad no te toca, hace rato que estabas cerca suyo para cuando llegara este momento y que no te gane de mano Germán, que encima tiene zapatillas nuevas. Ya en el segundo tema la apretás un poco más fuerte. Los nervios se les nota en los ojos, que ahora sí se miran. Y también en los movimientos, porque cada tanto la pisás sin querer. Para cuando llega el estribillo, tus manos ya se juntaron detrás de su espalda. Más te acercás, más te gusta su olor. Es ahí cuando descubrís que te falta saber un montón de cosas. Que tu viejo nunca te explicó qué hacer en ese momento. Que el lunes te van a cargar en la escuela. No te acordás si fue premeditado o no, pero cerrás los ojos y te vas acercando a su boca. Primero se tocan las narices y sentís el calor de su respiración en tu cara. Ahora, como un común acuerdo, adelantan el mentón al mismo tiempo hasta tocarse los labios y fundirse en un beso. El primero.

Madurez aniñada

El día de su cumpleaños número trece, cuando todos se habían ido, caminó hasta la plaza y se sentó en un banco. Estaba mirando a unos chicos que pateaban la pelota y de repente se largó a llorar. Había descubierto que ya no era posible escapar a mordiscones de una celda con barrotes de chocolate. Que las palomas de los cables ya no eran los broches para colgar la ropa de los gigantes. Que a la suerte había que ir a buscarla a un lugar mucho más lejos que el ta te ti. Que jamás le vería la cara a la señora de Tom & Jerry, aunque volviera a ver el dibujito mil veces. Que la gente no se resbala con cáscaras de banana, y que los bolsillos de su papá no siempre están llenos de monedas. Que la pecosa de rulos de séptimo grado le había roto el corazón y que se lo iban a romper muchas veces más. Que el mar no se vacía sacándole un tapón. Que el sapo en la barriga del que come y no convida, iba a ser libre. Que un gordo en un trineo era incapaz de repartir tantos regalos en una sola noche. Que un examen de historia no era el fin del mundo y si se le ocurría cambiarlo, a la historia la iba a tener que hacer él. Y que ya no le pertenecía ese mundo tan irreal, tan liviano y empalagoso, donde imposible nunca era el adjetivo de los sueños, y donde la moneda oficial era un botón.

Anuncios
A %d blogueros les gusta esto: